viernes, 25 de septiembre de 2015

ATARDECER DEL ALMA






                                POEMAS

                    







       Atardecer del alma

                  










                      JORGE TORRES DAUDET
                               


©Fotografía portada: Eduardo Torres

©Atardecer del alma 
       

         






               


               
                                                A Carmen, mi mujer,        
                                                 mis hijos, Rafael, Nerea y Eduardo,
                                                 nietos, Jorge, Martín y Adrián
                                                 e hijos políticos, Helena, Maribel y 
                                                 Javier.                             

 Índice


  










               

 

 

 

                      



 

 

 

 

                    Capítulo I

               Siempre el amor

Atardecer del alma


Hola espejo, brumoso y viejo amigo.
Miro tus ojos, tu frente arañada
por la poderosa zarpa del tiempo.
No te conozco.  Me habla de ti tu alma.

¡Cuántos sueños, cuántas ilusiones en objetos
perdidos! ¡Cuánto tiempo malogrado!

Falaces amores, juguetes rotos,
desatadas pasiones.
Noches en desvelo, esperas cada madrugada.

Pero... llegaste tú,
mujer, amor y entrega;
caricias y pasión,
gritos en el vientre;
fuiste el gran rescate
que yo temí imposible.


La luna nos besaba

 

Y venías, corrías, hacia mí,
cual chiquilla alocada,
mojada con la lluvia,
vestida y desnuda,
tus ropas desposadas con tu piel,
tus cabellos cascadas en tu cara.
Tus pies, traviesos y desnudos,
salpicaban agua sobre agua.
Mojé tus labios con los míos,
succioné tus abiertos poros,
lo ardiente que tu cuerpo desprendía.

Las nubes se quebraban en diluvio,

la luna nos besaba.





Es el amor

El amor prendió en nuestras almas,
nuestros ojos lo decían,
lo sellaban nuestros labios.

Pasaron pocos días,
nuestros cuerpos se buscaban,
se enlazaban nuestras manos.

Tú, joven, inocente,
recibías mis caricias,
como el campo la lluvia,
después de la sequía.

Fuiste mi esperanza,
mi arco iris, aquella estrella
que irradian tus ojos, la calma,
el señuelo que me atrae y me guía.

Han pasado los años,
se extinguieron los sueños,
no el amor que disfrutamos.


Aniversario


Cuarenta y tres años, a pesar
de los malos augurios...
¿Recuerdas aquel cura,
aquel párroco que fracaso
nos había augurado?

Pero hoy, exactamente ahora,
ese tiempo juntos, casados,
llevamos. Ha habido de todo,
más bueno que malo;
lo mejor, que juntos estamos,
y… nos amamos.



¡Quién pudiera volver atrás!


El amor es joven y apasionado.
Ilusión, esperanza, vigor...El amor huye
de la razón, y se precipita en la atracción.

Cuando pasan los años torna en  dulce, tranquilo.
Y, como si un río fuera,
muda el nombre, se convierte en cariño.

El amor lo puede todo cuando quien lo siente
puede más ¡Juventud, fugaz estadio,
quién pudiera volver atrás!





recorrer el polvo, amigo,
de todos los caminos.
Sonreír a los espejos
que ocuparon tu rostro.
Hacer un guiño a las estrellas,
a las que rogaste un deseo.
Recorrer con mi mano
el lomo de aquel perro,
que lamió tu cara.
Acunar en el cuenco de mis manos
la espuma del mar,
que acarició  tu cuerpo.
Habitar, de nuevo, aquel lecho,
que acogió nuestros encuentros.

Tal vez mañana, quizá,
volverá tu sonrisa
a acariciar la mía.




Demasiado tarde

Estaba harto de los dos, de ella
y de sí mismo. Por ella sentía
pena, con él mismo no sentía compasión.

Famélicos de amor, casados,
sin boda ni testigos.
Ella bonita, ingenua, caprichosa,
díscola y muy coqueta.

Han pasado los años…
y ¿qué del tiempo vivido en común?
juntos, distantes, tan distintos…

Por fin se han conocido,
noche a noche, domingo
a domingo, de juergas,
bailes y cartones de bingo.

Sus carnes, lacias, colgando,
sus cabellos encanecidos,
sus ojos cansados, llorosos
de volutas de humo y porque en amor no han vivido
.

 



Es mi deseo

Que la luz  de tus ojos ilumine,
sin tardanza, tu mirada.
Que renazca tu sonrisa,
que quede en tus labios albergada.
Que citar mi nombre
sea, para ti, como un beso trémulo.

Que las aguas de Leteo
no te invadan.


 

Día de la mujer

Este ramito
de diminutos versos,
mujer, es tuyo.



Noche de San Juan, 23 de Junio de 2007



Los invitados ya se han retirado.
Sobre el suelo, debajo de las mesas,
aparecen, inertes, algunas servilletas,
labios rojos, prometedores,
impresos en ellas
y tapones de botellas de cava.

Mas la boda no ha terminado

Al fondo, es una dulce melodía
que llama mi atención.
Mis pasos, sin darme cuenta,
me han mudado a una estancia recoleta.

En el centro, los novios
bailan, apenas se mueven,
no sé si ni siquiera oyen la bella canción
 “Is this love” su favorita.

Y no cesan de mirarse a los ojos,
con dulce e interminable sonrisa,
como preguntándose
“¿Esto es amor lo que estoy sintiendo?”
y sus ojos contestan
“Esto debe ser amor”

Helena, bella, hoy más que nunca,
embellece, aún más,
su vestido blanco, de novia.
Eduardo embelesado,
plenos sus ojos del amor
que envuelven sus brazos.

Las dulces notas, revoltosas, revolotean
entres sus apretados cuerpos,
dejan en sus labios
el exquisito néctar del amor,
en clara luna y noche hechizada de San Juan.
Les dejo solos…



Amor caduco


El amor es un templo,
en él solo tu imagen.
Devoto fue de ese templo y el tiempo
le arrojó de él.

Ya no te llegan sus besos,
tu abrazo ya no es húmedo,
y sus palabras no logran
tu sonreír de entonces…

Este amor caduco,
que les hiere y les mata,
les aleja y les anula,
les enfrenta y les afrenta,
les achica, les denigra,
no es pesadilla pasajera,
no tiene solución, no tiene cura.

A la locura ha de llevarles,
les lleva a un infierno en vida,
sin olvido y  posible salvación




.



Ella no está.    

Allí, tumbado en la cama, desnudo, abrazado
a la almohada.
Los ventanales le arrojan los ruidos de fuera.
No sabe qué día y qué hora es,
ni tampoco le importa; ella no está.

Cae la noche, la oscuridad lo invade todo,
también su mente.
Y su nombre, el nombre de ella,
desaparece,
desaparecen sus labios,
su húmeda boca, su acogedora
piel y los besos en su piel impresos.
“Desapareces toda tú”…

Hecho un ovillo tembloroso, deshilvanado,
da vueltas y más vueltas por entre las mojadas
sábanas, por sus lágrimas.
Todo es tiniebla; todo es nada.

Amanece, es verdad; ella no está,
¡malditas palabras!

¿Puede matar la mente?
Prueba con toda su fuerza:
hace por no respirar
se engrosan sus venas,
su cuello se enerva, su cuerpo levita, casi
hasta tocar el techo…
más fuerza; su corazón se acelera,
sus ojos locos, salidos de órbita, deambulan,
buscan lo que no encuentran.
Sus brazos se tensan, sus manos
levantan el gran peso que su alma alberga. Más,
más alto. Su cuerpo tiembla;
él desespera…
Quizá lo consiga,
insiste; su rostro se desencaja.
Por sus venas circula el veneno
que su corazón bombea;
insiste…
Mas la mente no mata.









Dudas


Que seas suya, ya, lo duda,
que seas de otro… ni lo piensa,
no lo soportaría.
¿Quién podrá provocar
el calor de sus sueños?
¿A quién evocan sus suspiros?
¿Qué nombre habita entre sus dulces
pensamientos?
Negros presagios acompañan
sus desvelos;
noches oscuras, eternas,
amaneceres inciertos, fríos,
ojos cansados, siempre abiertos…

 



El caballero de la mano en el pecho.

                                                                  (De El Greco)
Esta anónima figura,
de grave y seco semblante,
ojos de mirada desigual…
¿es, quizá, genial escritor,
marqués, caballero andante,
otro Quijote de la Mancha,
-mas de vestir oscuro y elegante-
presto a llevar su cuidada
y fina mano
del pecho a la espada,
por amparar a alguna dama,
o porfiar por su amada?

¿O, más bien, cualquiera sabe,
es un truhán pendenciero, 
ojeroso libertino, 
trasnochador…un mujeriego,
siempre del lecho a la lucha,
o -qué más da-
de la lucha al lecho?
¿Es un Don Juan de la corte, discreto,
en busca de mil y una Inés?

Así parece decir,
con la mano en el pecho:
“De lo nuestro... ni palabra,
válgame Dios, os lo prometo.”


Después del tiempo transcurrido,
ya no tienes aquel bello rostro, ni aquel talle
que, tan a la disposición, todos deseaban
amarrar a sus brazos.

Tampoco tus ojos tienen,
aunque su destello aún perdure,
aquel contorno liso,
y tus ojeras se han quedado con un color
nazareno, casi muerto.

Tu boca y tus labios, en ejercicio perpetuo,
sobrevivientes al naufragio,
aún invitan a albergar en ellos lances de amor.

Y sigues siendo igual de caprichosa,
cariñosa, y generosa
con tu cuerpo, y los de los demás.
Nunca te acaban de saciar,
recibes siempre menos que das.

Te sabes, te llaman, tonta
y otras cosas y…¡Qué más da!
te da exactamente igual,
al menos, aunque sea por muy breves momentos,
evitas la soledad total.


Delirio de amor

Te persigue y huyes esquiva.
Te mira y tu figura se disuelve
entre fantasmal, intangible e irreal niebla.
Te llama, te habla, tus labios permanecen mudos.
Sus manos tiemblan, tendidas a ti, suplicantes,
y su corazón se desboca
-gana al tiempo en su ritmo-
porque no te encuentran, y estás cerca… mas distante.
Sus ojos, cerrados, están despiertos,
buscando en la nada las líneas de tu cuerpo.

De pronto, apareces y le rechazas
entre risotadas que escupen total desprecio.
Tras de ti se cierran todas las puertas,
con portazos ensordecedores que revientan
sus tímpanos, y te busca entre chinescas sombras.
Danzas malditas, confusión.

La luz se desvanece.
Crece el silencio, que lo invade todo.
Resbala su alma, se hunde en un foso sin principio,
sin fin. Todo es tiniebla,
pegada a su piel, mojada,
como otra piel a su piel, que no siente
suya, ni cercana, ni de su amada.

Flota en un aire denso,
tropieza, gira su cuerpo,
ovillo ingrávido, avanza, retrocede, bota,
se aleja de si mismo.
Se ve minúsculo, apenas nada, enteramente
nada. Levita, cae.
Sudor frío, suelta una carcajada,
su estruendo le desplaza, le quema, le hiere. Vuelve 
a caer, choca de una a otra pared, la escala,
cual frío reptil, se deja las uñas,
se deja la piel.
Grita un nombre, no sabe de quién, implora, ríe,
llora, vive, muere, no sabe por qué. No sabe
nada, nada, nada…



El reloj, a(na)tómico

El amor, aun siendo sereno, incita a cometer
pequeñas y las más grandes locuras. 
Mas hay un tiempo para amar.

Después, vendrá el  momento difícil de evitar
 dejar regadas las miserias,
 como migajas de pan agrio y duro,
 escombros y tristeza.

La rendición, el dejar las armas, ya obsoletas,
envainadas con la resignación del guerrero
derrotado por otro invencible, inexorable,
y cruel, el paso del tiempo.


Para ti mi recuerdo, madre.
Un recuerdo nostálgico, con rictus, con ceño
fruncido, con amor escocido.

Nuestros últimos ratitos, sentado a tu lado,
los saboreé con mimo
y  avaricia,
sabiendo tu sueño cercano.

Recuerdos...muchos dulces...
agrios, espinosos, dolorosos también hubo;
tu amor daba para todo.

Y te comprendí... Nuestras lágrimas
lavaban nuestras culpas,
se cerraban las heridas.

Maravillosa mi infancia, en tiempos de posguerra
pero sin penurias, con mis juguetes;
¡mi caballo negro, de gran cola!

Tu  devoción y los frailes rompieron
el feliz cuento. Mucha distancia,
hambre y sueño me acompañaron en el convento.

Pero el regreso, vuestros besos,
mi cama, mi casa, los baños
en el río me hicieron, 
otra vez,  crío.

Y los años pasaron,
pasaron en poco tiempo.
Encontrar el amor
supuso nuestro desencuentro.

Y te comprendí, ahora más te entiendo,
lo sentí, y  aún lo siento; fue otro triste cuento.

¡Cómo no te voy a entender, si para entenderte,
tengo a diario tu sentir
en tres trozos salidos de mí!




Padre       

                                                Me hubiera gustado ser
                                                lo  buen padre que tú fuiste.


Tus ojillos chispeantes,
en sonrisa interminable,
me acarician por siempre.

Tu caminar ligero,
por tu pinar amigo,
acompaña mi camino.

Manos recias, de hierro, tiernas
de caricias,
afanosas, ágiles, generosas.

Tiempos de posguerra,
corre caminos infatigable;
huiste al hambre.

Creyente tardío,
convencido de Dios,
te hiciste más bueno.

Educador, autodidacta,
ausente de vicio,
grande de alma.

¡Cómo añoro los cuentos
en las noches largas!
¡Cómo los besos que me dabas!

Nos dejaste solos…
Sin nosotros saberlo,
despedida en la mirada.



Martín

Esta mañana de Marzo ha salido el sol más
generoso y despistado en su luz y calor,
a las siete y treinta, en punto.
Hoy la vida  nos saluda con fuerza
y… desnuda, como así la vida es.
Ha venido Martín, mi nuevo y querido nieto.
Ojos grandes y abiertos, expectantes
a la luz de este mundo,
a lo que dejaba entrever la piel de su madre
desde su ya pleno y bendito vientre.
Mi nieto, Martín, es moreno, como sus padres,
perfecto cuerpo,
manos grandes, tendidas, solícitas de amores,
piel sonrosada, dispuesta a crecer.

Es la esperanza en un mundo
lleno de interrogantes…
Es manantial de sonrisas,
en tiempos no muy pródigos en ellas.
Es el ansia de un mundo mejor, nuevo.
El triunfo de la vida,  deseada.
El reencuentro del amor con la fragilidad,
con la más absoluta dependencia
de la gente de buena voluntad, de sus padres.

Así, les felicito,  a ellos y, sí, a mí mismo.
Al recién nacido deseo, de corazón,
feliz y larga vida.
Bienvenido eres, Martín!

         Adrián


A través de una técnica misteriosa te hemos
podido contemplar con perfecta precisión.
Sabemos ya mucho de ti y nos ha subyugado,
emocionado, el ver tu corazón diminuto
cómo late, desbocado, y proyecta tu sangre
con fuerza desbordante.
Los movimientos de tu pequeña cabecita,
de un lado a otro, como si buscara a tu madre,
cuyo claustro y amor te engendra.
Abres tu boquita en O
expulsando burbujas, como volutas de humo
de empedernido fumador.

En tus facciones se dibujan los ojos, labios,
las naricitas de tu hermano mayor, Martín.
Serás un bebé tan guapo como él,
que sueña todas las noches contigo.

Y llegará el momento, mágico, que tu madre,
con amor y alivio, sentirá tu húmeda piel 
sobre su piel, recorrerán sus manos 
tu deseado cuerpecito,
observará tu cara, tus manitas,
todas tus facciones, se reconocerá en ellas.
¡Más de nueve meses apeteciendo tenerte
entre sus amorosos brazos!
Mirará al cielo dando gracias.
Y el cielo la sonreirá con bendición y amor 
A tu padre, de momento, se le borrarán,
miles de canas, y se humedecerán sus ojos,
de felicidad, con copiosas  lágrimas.

Tu abuelo Martín,  con sus manos, te tomará,
te acogerá y alojará en su gran corazón.
Besará esas tus pequeñas facciones,
tan familiares
tan suyas, tan repetidas y queridas ya.
Y el cielo le sonreirá…

¿Y tu hermano, qué hará?
La cantidad de besos que estallará en tu piel!
Cuando te vea, sus ojos
se van a hacer aún más grandes,
apenas cabrán   
en su bonito y morenazo rostro.
La de botes que va a dar. ¡Adrián! ¡Adrián!¡Adrián!
levantando sus brazos,
dando sus característicos botes, señal
de triunfo y, también, de gozo.

Tu abuela Carmen, desde ese día, piensa siempre
en ti, y últimamente, cada cinco minutos,
-“Cuándo vendrá? Cuándo llegará ese chiquillo”
-“A ver si viene bien” “Sí, bien vendrá”

Yo, como alguna otra vez,
he echado en falta
que mi ordenador no use impermeable.

Eres bien venido Adrián. Que seas muy feliz!
Nosotros lo somos ya.


Jorge, Martín, Adrián


Hoy, un muchacho, de unos veintitantos
años, por su faz y su talle,
me ha hecho imaginaros a una edad
que no os veré.

He sentido una extraña visión; le he puesto vuestra
cara, ya, adulta, os he disfrutado de mayores
porque, por un momento, he pensado que eras tú,
Jorge, tú , Martín, tú, Adrián.

No, no me he esforzado, en absoluto,
pues así te veo, os veo, veces y más veces,
a mis nietos, en la distancia, en ésa,
para mí inaccesible, a la que no llegaré.

De algo que ya no viviré, he sentido nostalgia.



Gracias (Oración)


Gracias, oh Dios, por todo lo que me has concedido,
y, mucho más, por todo lo que me has perdonado.
Muchas veces distanciado de Ti, pero nunca,
nunca te he olvidado.

Tú sabes, Señor, cómo soy, cómo siempre he sido,
todo el mal, todo el daño que yo he podido hacer.
Pero sabes, también, que de todo ello
yo me he arrepentido

Sé que, desde muy pequeño, me escuchas;
te estoy agradecido.
Cuando, a veces, creí que estaba solo,
que me habías dejado, Tú estabas a mi lado.

Años, muchos más de los que esperaba, he vivido;
y mis frutos han cuajado, mis mejores bienes,
que Tú me has otorgado; por ellos, Señor, ruego,
por su felicidad seré siempre agradecido.

Ellos, Señor, Tú lo sabes, son buenos,
mi culpa, otra más, que no sepan más sobre Ti,
mas mi culpa ellos no la han cometido.











La poesía se escucha con el corazón,
va dirigida al alma. Como el amor,
eriza los sentimientos,
causa  pasión, sosiego, calma
y, también, angustia, dolor.

 













        

 




               



 

 

 

                    Capítulo II

               Como la vida es



No sé qué hacer este Domingo.

( o negros nubarrones)

Podría vadear un río de márgenes inimaginables,
caminar tranquilo por una estrecha y elevada cornisa
o correr por ella, a más de cien millas, por segundo.

Pudiera, quizá, envenenarme con mucho de alcohol  metílico,                       
o bien pudiera vigilar las musarañas que desfilan, atrevidas,
por mi cuarto, sin ningún respeto al frío.

Podría hacer un crucero por un campo de trigo
y besar a las amapolas e invitarlas a viajar conmigo.
Podría, podría, caminar cualquier camino,
con el polvo en mis cejas y mil nudos en mi ombligo.

Podría acompañar a las mariposas en sus transcontinentales vuelos,
cortarme las alas de mis devaneos,
o hacer eco a las lúdicas cigarras indignadas del estío.
Podría contar cuentos sin cuento, reclamar derechos,
sin respeto a lo ajeno.

Podría desafiar, como Don Quijote, a sus, nuestros, enemigos,
hoy más altos y altaneros por las palas que mueven los vientos.
Podría escalar cipreses y gritar, gritar al cielo con lúgubre plañido,
con dolor, sin remordimiento,
o tumbarme en las tumbas a su sombra,
o esconderme en los nichos, a su abrigo.

Podría morder a las ratas, inoculándolas mis turbios pensamientos,
apresar a los banqueros,
usureros insaciables, en sus cajas fuertes
repletas de sus lingotes de oro y
de las miserias de sus muchos pobres deudores.

Volar, podría, por los muy negros nubarrones,
los que invaden mis vacíos, llenos de dudosos
presagios, y cada vez más ciertos… por lo incierto.


Esta nublado, no llueve.


Hoy, como otros muchos días, es un día triste
Está nublado, la niebla
oculta los edificios,
hace llorar los cristales.

Desde mi ventana veo la calle vacía.
De vez en cuando pasa un transeúnte,
las manos en los bolsillos,
al abrigo del frío.

Ayer era 28 de Diciembre.

Estas navidades son especialmente tristes
pues en muchos hogares habita la miseria.
Más de un millón de familias, sin culpa,
están en paro, ninguno de sus miembros tiene
trabajo ni ayudas
¿de qué se alimentan?

Algunos no tienen casa, sus deudas, los bancos,
se la arrebataron.

Las calles de Madrid están muy tristes
en estas fechas, con más luces engalanadas.
Por muchos de sus habitantes corren las lágrimas.

Las once horas, los sanitarios salen
a la calle, protestan:
“la sanidad no se vende”.

La niebla se hace más presente en la calle. Triste,
muy triste..


29, diciembre, 2012.



 Diez años, desde entonces (11-03-2004)

La muerte, madrugadora y ávida de sangre,
aliada con secuaces sin bandera
ni puños conocidos,
a día de hoy,
pero, seguro, sin almas ni entrañas,
marcó para siempre esa fecha.
Aquel día durante pocas horas, muy pocas,
la tragedia haría olvidar las rivalidades,
nos hermanaría  en el dolor, los ayes, lágrimas.
A los pueblos los une la tragedia...
Pareciera que fuera a cambiar todo.
Pero, como si fueran buitres agazapados,
pronto extendieron sus alas sobre los cadáveres,
sus despojos.
Acudieron al olor y color de la sangre. 
En la gran confusión de
"tantanes" modernos, SMS  y consignas,
se dieron su festín, exigiendo lo imposible,
entre los graznidos acusadores,
sin respetar silencios,
que se debieron respetar.
Después de aquellos malditos días, cambió todo,
cambió de distinto modo. Sería una década
perdida, despreciada por muchos, un mirar
hacia atrás, la torpeza y el rencor.
Hoy, 11 de Marzo, piden, se pide unidad. Un
“ingenuo” "hoy toca unidad" a toro pasado.
Pasados diez años, demasiado tarde ya.



Hartura

Porque moscas y moscones acudan
a la miel y se escupan la hiel. De que
"fachas" y "progres", "progres" y "fachas" se sacudan,
se sacudan responsabilidades
irresponsables y luchen por despedazarse,
devorarse, la        t       a       r       t       a,    sus despojos,
restos del pasado para olvidar,
para algunos olvidados ya.

De algunos jueces, magistrados, que no se sabe
si estudiaron, entendieron, las leyes,
los derechos a aplicar.
De que la Justicia,
más ciega, aunque abierta de ojos, tropiece
por alguna esquina.

De que las calles ardan,
las quemen, de hartura, del amargor desmedido,
y bárbaro, mientras los capitostes 
arrojan a la espalda las copas de champán,
satisfechos de osadía y poder.

De los rencores, memoria y odios  heredados,
ADN que no quieren mutar.
La Historia servida a la carta,
al gusto de cada cual.

De esclavos del tedio, atadas sus manos,
cerradas sus tripas, que quieren,
necesitan trabajar.

De hogares sin leña ni fuego ni olla.

De privilegiados con su puesto asegurado,
que nunca han trabajado, ni trabajan
ni trabajarán -su voluntad
no da para más,
para más, mucho más, da su jornal-

Porque, como los locos, hay muchos más ladrones
sueltos que encerrados en su lugar.
Porque, en este país, no queda qué robar más.

De los feudales de turno,
ilusionistas de naciones de chiste-ra
triste y rota.

Porque la ETA capitalice su no matar.


Sequía


Veranos madrugadores de soles
descarados,
amaneceres con resacas.

Nubes rojizas, colmadas de polvo.
Vientos que queman las pieles
y columpian las miserias.

Perezosos otoños que no llegan,
escasas ausencias de soles.

Rayos proyectados sobre lejanos
y abrasados horizontes,.

Ocasos con nubes plomizas,
prometedoras de lluvia, improbable.

Vientos que despeinan campos resecos,
muertos, inertes.

Tormentas de relámpagos,
truenos, rayos y hojas secas.

Nubes de espitas clausuradas…



Los niños del telediario

Ya a nadie sorprende ver a esos niños,
tez del color de su abrasada tierra,
con lágrimas en los ojos, y moscas
intentando devorar sus desnutridos cuerpos.

Arrojados del cálido vientre de sus madres,
sus miradas no tienen el brillo de esperanza
de los nuestros, ni el ansia de descubrir un mundo
nuevo. Son miradas opacas que siempre chocan
ante el manto de la miseria que los masacra.

No conocen, ni conocerán, una azul cuna
ni rosa, ni tampoco agua de un manantial, fresca,
que vivifique su deshidratada figura.
Son hijos de la más brutal escasez, desidia
e injusticia del mal llamado género humano.

Nuestro recuerdo y  AYUDA  para ellos
en estos días cercanos a la Navidad.
Nos deseamos paz,  felicidad…
Intentemos lograr para ellos supervivencia,
con sonrisa en sus labios.        


Hambruna

¡Hijo,niño, niño mío!
¿Por qué, por qué te eché
a este mundo?
¿Por qué mis carnes se abrieron?
¿Por qué consentí en aquel goce?
¿Fue, quizá, el amor pecado?

¿Por qué te castiga Dios?
¿Por qué mis pechos secos,
ni poderte dar bocado?

¿Por qué estas tierras yermas,
por qué, por qué sólo regadas
por el sudor de tu padre,
mi sudor, y mis lágrimas?

Hijo mío, me maldigo.
¡Maldito sea mi vientre!
¡Maldito sea mi cuerpo!
¡Maldita sea mi vida!

¡Maldita, maldita, maldita!
¡Mil veces sea maldita!

Ven, ven a mis brazos,
corazón mío,
que si tu mueres,
morir quiero contigo.


Abyectos,  abominables (II)



De cuán miserable es este despiadado mundo,
de la maldad que en él habita,
nos hacen conocer los telediarios.

No hay día que no hablen de, no una,
sino muchas atrocidades.
Guerras, masacres,  huérfanos desvalidos, éxodos
ingentes, hambres, violaciones que se producen
en el olor, las explosiones de las contiendas.

Pero en el silencio de la paz, de esta "paz nuestra" 
quiero gritar al mundo, acusar quiero,
lanzar un indomable grito de rebeldía
contra esos canallas, abyectos y abominables
que atacan a seres indefensos, inocentes,
¡hasta con bebés se atreven!  tal es su vileza,
tal es su alevosía.  E, insaciables
de sus infamias, las graban para su placer
y  el de otras mentes de repugnantes criminales,
también irrecuperables.

Y... como son "conscientes que hacen mal,
pero no lo pueden evitar" hay que extirpar
esa mala hierba, ese siniestro daño.
No basta con encerrarlos, aunque de por vida
sea, pues se pueden escapar a esa condena.
Bien claro tengo que sus vidas, haciendo daño,
tan gran daño, no son para vivirlas,
no merecen ser vividas.
Porque el dolor, una lágrima de un niño, vale
más que miles de esas vidas.



Hombre contra hombre


Edad de piedra, edad de los metales,
bomba atómica; era de los neutrones...
En las cavernas con hacha de sílice,
en el búnker un pulsador...
así de fácil: los muertos por miles.

Tierra, este ser que te habita
que te estudia y te maltrata
que pone leyes, dice, para mimar tu vida,
es el maligno hecho persona;
no temas mal desde otros mundos.

Los mares los expolia,
los desvalija de pequeñines y ballenas
con redes y artimañas.
Y con sus matanzas el agua de sangre tiñe.

Los bosques asesina,
primero con fuego, luego con fiera guadaña...
y su hábitat, indefenso, languidece y muere.

Tu cielo es menos azul,
menos entero, más toxinas, más agujeros;
menos frío, menos hielo.

Volcanes escupiendo sus azufres,
terremotos, tsunamis, inundaciones, la ira
del huracán. Tus entrañas arrojan su bilis,
contenida, de tanto dolor y tanto daño.

Pasamos por todas las historias, las antiguas,
las contemporáneas, da lo mismo;
es el tiempo que pasa,
Lo que en ellas se cuenta son las guerras, la muerte.

Y siembra el terror de pueblos enteros,
niños, ancianos mujeres, huyen del exterminio,
buscan paz, cobijo y pan.

Tiempos de liposucciones, masajes,
dietas, delicatessen;
se tira comida al mar, se destruye.
No solo matan las armas, el hambre
ocasiona más muertes. Opulencia,
pobreza, miseria, injusticia.

No será la invasión desde otros mundos
la que pueda acabar, Tierra, contigo.
Cuídate del hombre, con su codicia,
con su miserable y gran ambición
será tu mayor, perverso, enemigo,
tu estúpido y definitivo exterminador .

Asusta mirar el mapa.
Pobre mundo...
¡Qué mundo éste, más pobre!



París, viernes 13, 2015



Hoy, la sinrazón del fanatismo y el terror
ha apagado tus luces y tu Torre de acero,
faro de esperanza, silenciando así tu alegría,

Han profanado tu Arco del Triunfo y acogida,
hoy más pétreo de estupor
ante el ultraje de la sangre impura.

Han desolado tu cosmopolita Avenida
a la Concordia, entre cadáveres de tus hijos.

Mas los vivos no sucumben ante tan cruel yugo,
en sus gargantas ruge la Marsellesa, "listos
para luchar contra vosotros"

Tus jóvenes, masacrados con alevosía,
claman justicia ante el vil despotismo.


Entonces


Yo era un niño más,  encaramado a
las ruinas de mi ciudad; mis ojos, inocentes,
como los de todos los niños, solo llegaban
a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, los  cristales  de  sus ventanas hechos
mil pedazos. En su interior, espacios
huecos, invadidos por la maleza.
Los tiestos con plantas secas, marchitas, haciendo
juego con todo lo del alrededor. De tierra
rojiza las calzadas de las calles...

Los mayores la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
frío insoportable con estómagos vacíos,
silenciando con dolor sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.


 Bracera infatigable


Con tu figura negra y famélica sombra, eres,
bracera infatigable, sementera
de dolor y muerte. Afanosa
destructora de vida, corazones
y alegría.

Tu mies es mucha. Tallos tiernos, 
nacidos a la luz, apenas,
también recios y erguidos.

Nadie esquiva tu afilada arma.

Fisgona de tinieblas, de ellas reina,
todos sucumben a la mirada de tus cuencos
huecos, de luz, vacíos.
.
En la abundancia y en la hambruna
culminas, siempre, tu misión grotesca,
grosera y pertinaz.

Nunca sacias el apetito de tus huesudas,
siniestras, fauces, siempre insatisfechas de sangre.

Así eres, de sanguinaria y atroz.

Horrores causa tu presencia eterna.




Monólogo de la Parca

“He estado siempre contigo, a tu lado, y tú  siempre
sin enterarte,
sin darte por enterado, sin hacerme caso,
tal vez, coqueteando conmigo. ¡Y mira que,
muchas veces, parecía que a seguirme estabas
empeñado...! Cualquier hora para ello era buena,
nada hacías por evitarlo
Quizá preferías la oscuridad de la noche...
¡Claro, seguro!
Muchos kilómetros a velocímetro plano,
con muchas copas de más. Aquella situación
con aquel loco airado, él con cuchillo en la mano...
y… ¡ punzando tu cuello!
Sí,  muchas veces me has tentado, has tentado tu 
suerte, y…mira,  has salido bien parado”



El desahuciado

Esta noche me encuentro
frente a ti, quizá, no por vez primera,
pero consciente, sí,
de que me has mirado y me has acercado la fecha.

Nos creemos pasar ignorados,
creemos que a ti se te engaña; ilusión inútil,
vana;  es una treta tuya
más, es tu cruel patraña.

Dejar a los seres queridos,
mi mujer, mis hijos, mis nietos,
con tristeza; si no fuera
por lo trágico, se podría llamar pereza.

Pero, por qué disimular,
me da pánico no saber
cómo voy a reaccionar en ese momento,
antes de que deje de respirar.

Hace poco tiempo, hace unos meses, nada más,
yo me miraba al espejo; me veía joven,
hoy me veo viejo,
muy viejo,  por fuera, viejo por dentro.
Has olido desde lejos,
desde cerca, siempre al lado, siguiendo el rastro,
carroñera fiera.

No es la manera que yo deseé,
la que, en avanzadilla,
me has prometido, si quieres,
que poder… puedes, cámbiala
por otra menos dolorosa, menos
cruenta; te estaré muy agradecido.

Hoy las luces me parecen tristes...
¿Sentirán que yo me vaya?




 

Rescatado de ti

No era verdad, me has mentido; a ti misma
te has engañado.
Me he desasido de tus largas, huesudas manos.
Mi corazón late con la alegría,
la esperanza de antaño.

Dos meses, muchos días,
creyendo estar bajo tu odioso yugo;
vuelvo a sonreír, suspiro por cosas triviales,
pienso, creo, en un futuro lejano.

Veo, otra vez, la vida
bella, con atractivos y sin pena, con nuevos
bríos. No estoy cansado;  con felicidad miro
a los míos, sin adiós en mis labios.

Ahora las noches son menos negras,
menos de túnel, menos de caverna;
la noche es más azul y tiene luna y estrellas,
y me duerme, me arrulla, me consuela.

No te digo adiós porque no puedo,
ahí estás tú, siempre afanando dichas,
siempre borrando sonrisas,
siempre llenando sepulturas.

Te diré hasta la vista,
si es que, sin que náuseas me provoques,
verte puedo.
Y, cuando se presente la hora, antes de mirarte,
antes, los ojos cierro, después, muero.



Ese edificio...

                                                 Dedicado a los cirujanos, médicos,
                                             enfermeras y auxiliares, del Hospital
                                            de la Princesa, en Madrid,                                                   
                                      que han tratado recientemente a mi mujer


Enfrente de mi casa,
justo enfrente de donde vivo,
hay un gran edificio, en sus fachadas
muchas ventanas,
decenas de ventanas, por fachada.

Es un hospital, un gran hospital,
la ciudad de los enfermos.
Escandalosas sirenas de las ambulancias
invaden el silencio de las noches,
se yerguen sobre el leve murmullo de los días.

Ir y venir de gentes presurosas,
su andar trasciende los sentimientos, los preludios
de la muerte.
A veces, los pañuelos se dirigen
a unos ojos húmedos, de incontinencia trágica,
de triste y perdida mirada.
Salas de espera llenas,
consultas, urgencias, batas blancas, monos verdes,
máscaras, pañuelos a lo pirata.
Sillas con ruedas, botellas colgando,
bolsas, líquidos que fluyen.
Camillas, con mismas botellas, bolsas.
Ascensores que suben y bajan, nunca llegan...
tal es la impaciencia. Trasiego ininterrumpido.
Diagnósticos por rayos X, láser nucleares.
“Coja su turno” y filas largas de tres dígitos,
extracciones de sangre, mililitros, centílitros,
que suman, suman, suman litros y enfermedades.
Rostros macilentos, dolor, dolores
en todos los géneros y todas las edades.
Ojeras cavernosas, marrones, casi negras.
Pañuelos femeninos ocultando
crueles calvas que no debieran haber crecido.

La fé, la esperanza como últimos asideros.
Las ventanas, día y noche, guardan el silencio.
Enfermeras, auxiliares, pastillas, sonrisas
que arrancan otras que se creían imposibles.

Quirófanos, mesas  de acero,
frías como las luces que iluminan sus cuerpos.
Ojos escrutadores,
manos expertas, precisas,
el bisturí no tiembla.
Química, oxígeno, ciencia,
monitores enchufados a cuerpos desnudos,
afeitados, abiertos, órganos esparcidos,
al aire. A la muerte se la frena o se derrota
o, inexorablemente, triunfa.

Morfina el dolor  disminuye,

Puertas autómatas que cierran, encarnizada
lucha entre la vida y la muerte, muerte, MUERTE,
siempre presente y amenazadora.
Vidas que zozobran, ciencia, éxitos,
fracasos. Esperas interminables pendientes
de puertas que siempre se cierran y, pareciera,
nunca se abren. Emociones, nervios desbocados.

Cuando las luces se apagan presagio batallas
perdidas…

La luna recorta su enorme corpulencia,
su escasa luz acrecienta el misterio,
el dolor que guardan sus paredes.
Cuando el sol alcanza sus muros
renace la vida, despierta
la esperanza.

 



Morimos


Nacemos sin querer
y sin querer morimos...¿Qué, en la vida, hemos sido?
Nieve primaveral que en la mañana se funde,
coito de pájaros en fugaz vuelo,
humo de cigarrillo que se disuelve en leve
brisa, suspiro del alma,
relámpago de tormenta, alegría del pobre.
Somos ligeros transeúntes;
lo saben los montes,
lo cantan las piedras, y lo murmuran los ríos,
ellos son testigos. Nacemos para crecer,
por crecer morimos, muchos sin envejecer,
siendo, aún, niños.



Cronos


La humedad todo lo envuelve, las olas
se acercan salvajes, azotan las negras rocas,
traen troncos, botellas... sin mensajes.

El viento roza mi cara con sabor a sales,
trae aromas, idiomas de otras tierras,
ilusiones de más almas.

El océano, sus bravas y espumosas aguas,
cubren la distancia, montañas, simas,
piélagos, con los mismos cielos y mismos vientos
en dirección contraria.

Hechos en el mismo instante con la diferencia
horaria; el Sol es madrugador o trasnochado,
dependiendo del meridiano que lo acompaña.

Así en toda la Tierra;
mientras unos duermen y sueñan, otros trabajan.




Se aleja el día por el horizonte,
con tules de penumbra y agonizante estrella.

Pronto, las luces lloran su temblor inquietante,
no  sólo por el día que se va,
aunque vendrá otro día,
llevándose, sin retornar, lo que nuestros sueños
recibían. ¡Onírica ilusión!
defraudada al despertar en medio de la noche.

Mientras la desolación da paso a la tristeza 
y a los miedos que se avivan con la parda luz
de las tinieblas y el loco alarido del viento.


Espejos


Espejos, ¡ah, los traviesos  espejos!
Siempre os negasteis a admitir mi edad en el tiempo,
en el que mis ojos se cruzaban con los vuestros.

Siempre me hicisteis más viejo. Ahora ya  no tengo
edad para veros, no me interesan
vuestros, más o menos, equivocados reflejos.


Las puertas del tiempo


Las puertas del tiempo se han ido
cerrando tras de mí.
Algunas con leve chasquido,
otras con portazo feroz.

Así han ido pasando los años…

¡Qué vértigo mirar hacia atrás!
Fotos olvidadas en un cajón,
imágenes  apenas conocidas,
de un yo, que ya se fue.



Soledad

Soledad...
sólo adjetivos te acompañan:
triste soledad,
por nadie deseada.

Codiciada soledad,
del que la desea
y nunca la siente lograda.

Funesta soledad,
la del preso,
con su libertad enjaulada.

Religiosa soledad
la del monje,
con su alma enclaustrada.

Patética soledad,
la del huraño,
que sólo a él le hace daño.

Fructífera soledad,
la del poeta,
a veces tan deseada
como la libertad.



 

 

 

Fantasía de la soledad


Tu eres, silencio,
mi preferido amante,
así, penétrame.



¡Oh, agua!


¡Oh, agua
-lluvia, rocío, hielo, granizo, nieve-
variopinto ropero vistes!
Jinete a caballo de las olas encrespadas.

Fría y enigmática dama, de vaporoso
y sutil velo, el de las grises nieblas.
Espeleóloga tenaz
y penetrante en los abismos
de la tierra, la amante de la ninfa.

Te cuelgas de las elevadas cimas,
con tu capa de armiño,
juegas con las nubes, las acaricias,
las horadas.

Saltas, te precipitas, cantarina,
por laderas y hondonadas.
Socavas hoces, diseñas las cuevas,
con estalactitas y fantasiosas
arquitecturas en calizas tierras.

Grotesca profanadora de tumbas,
lames, necrófaga impúdica, cuerpos
putrefactos
babeando limos infectos y viscosos…

…y surges, inocente y pura,
al manto de la tierra,
con caricia húmeda.

En los amaneceres perlas flores,
con fulgores diamantinos.

Irisas el cielo, los campos; les prestas vida.

Sacias, agua, el ansia de los sedientos,
con tu caída suave y armoniosa,
o los siembras de muerte
con olas gigantescas y voraces.

Ocupas de azul el globo, y tu obstinada ausencia
viste de sequía los campos,
arrasa la capa verde,
y la convierte en  zona estéril, muerta.

Agua, en las nubes, los ríos y mares
tu singladura vuelve a empezar.


 

Dos amantes


Río, peregrino donjuanesco infatigable,
tu obstinado talle, perlado
y sudoroso, repta sobre frondosa tierra
y te acoge, impudorosa, cual sedienta amante.

Te ofrece, generosa,
los recovecos de sus márgenes,
los irrigas con tu limo, como sementera,
tras envites, más o menos fieros, incansables,
hasta llegar tu interminable orgasmo final,
volcado en tu otra gran amante,
la mar, siempre abierta, juguetona e insaciable.



La Luna es una voyeur.


Luna creciente, llena, menguante o luna mora,
con tu nocturnidad y alevosía,
-entre más o menos oscuridad-
¡cómo espías a los amantes!

Cuando ellos te descubren tu, a veces, te sonrojas.
Otras, no te importa, sigues mirando
igual de fresca, y en el mar,
en sus olas, te columpias, juegas y deslizas.

Eres tu, Luna, la mayor voyeur de este mundo,
te disfrazas, cambias de cara, te medio ocultas,
entre tules de nubes o flores de azahar,
entre naranjos y almendros.

Te endulzas de la miel de caricias  y de besos,
mientras los amantes
se desnudan, se arrullan, se acarician, se aman…
en todas las lenguas.



Tres + 1

¡Oh Febo, cuán amable y generoso
con tu pequeña Gea, solitaria y lejana
amante, medida su distancia en años luz!
Y, sin embargo, tan a tu alcance, nada tardas
en acariciar su semblante azul
o su esférico talle, cuando te da la espalda,
envueltos en sutil manto
de penumbra
y los cómplices guiños  de millones de estrellas.

Conjugas, con sus efluvios, limos de la ninfa,
armónico trío,  juego perfecto de amor.
Sus frutos, innumerables preñeces y savias.

Y, en orgiástica compostura, la Luna, fría
y vacía siempre, se apodera, cual espejo,
de la imagen, rechaza toda luz
y envidia vuestra dicha, tan cálida y fructífera.







Caminos de Soria

                         Era la voz del viajero
                                                            que partió a lejanas tierras.

                                                                                                    A. Machado
 


Hoy he seguido los caminos que holló el maestro
Antonio Machado.
Su recuerdo y el aroma a pino me acompañan.
He dejado atrás Vinuesa.
Me he mirado en el espejo sombrío
de la Laguna Negra.     
He intentado, en vano, escrutar su fondo sin fin,
allí donde, según la fábula y el romance
del maestro, yacen los restos de Alvargonzález,
El agua, quieta, cobija su aciago misterio,
aún  estremecida,
como con dolor de madre.
Los pinos, silentes guardianes,
emulan en su hacer a los cipreses, 
forman filas de entierro y, con el viento,
entonan canto fúnebre.
El cielo gris no oculta la leyenda,
todo clama realidad;
allá abajo, en las tinieblas
del agua, yace un muerto y… no descansa.


Carretera de Sigüenza a Soria


Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.

A la izquierda, desde lo alto
de la ladera del monte,
Sigüenza, siempre bella y callada,
la Catedral, sus almenadas torres,
y maltrechas murallas del Castillo.

Las calles reptan empinadas cuestas.

Siguiendo para adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía,  ciego,
Diseminados por entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo, de la desidia.

Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.

El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas carrrascas
y arrugados encinares, donde se oyen cantos
nupciales de aves.


Dos hileras, rectas, de erguidos chopos
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran márgenes de un callado río.

Sigo mi camino.

Ya de noche, con luna propicia, se perfilan 
las murallas del derruido
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas.
El eco del francés en sus muros.

De hinojos, como reverencia, el río Salado,
que atravieso en mi caminar a Atienza.

A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.

Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia,
con sus iglesias y castillo en ruinas,
su torre, con orgullo, erguida.
Atalaya, ahora en perdida lucha
contra la lluvia y los vientos.





 Medina de Rioseco


       Ciudad de grandes y bellas iglesias,
    monumentales pasos de Semana Santa,
   sabrosas viandas, exquisito cordero
      con buenos caldos y soportales viejos,
                                                       permíteme, en el tiempo,
                     hacer un hueco.




Sobre las piedras, redondas
y húmedas, de tus calles,
cerca de Santa María,
la muerte ví, por vez primera;
aquel cadáver,
que vida sólo unos minutos antes tuviera.

Cuántas veces soñé con aquella cenicienta
cara por la que resbalaba
un hilillo de sangre, desde  la boca abierta.

Por segunda vez, en tan poco tiempo,
la muerte anduvo cerca; de noche, cual fantasma,
se llevó a un postulante
que murió de asma.

Mis escasos años
tropezaron con el silencio,
con las rigurosas reglas,
como el trato de usted
a mis compañeros.

El leve pitido del tren 
avisaba del fin de nuestras horas de estudio,
de recreos o de rezos.

Sus vías estrechas eran, a veces,
nuestros senderos de cortos paseos,
no lejos del convento.

La cruel ausencia
de mis seres queridos.

Lo peor, llamar padre
a quien el mío no era, al que yo tanto quería
y estaba tan lejos.

El dormitorio en obras,
en crudo invierno...
Sábanas que mojaba con mis sueños,
de tristezas  y de miedos.

Por caminos nevados, carreras, perseguidos
por aquel novicio,
que nos daba golpes con su correa, 
Correazos en las piernas, desnudas y tiernas,
de niños de diez primaveras.
Nevadas que ocultaban los caminos,
las carreteras.
Heladas que mostraban grandes chuzos,
cayendo de las tejas.

Tierra de Campos...campos bellos.
En primavera altos trigos, 
con estallido de flores,
olores y sentidos.

Grandiosas dehesas con reses bravas pastando,
con redondos y poblados palomares de aves
viajeras, que sobrevuelan sus campos.

Las comidas, en el refectorio,
con interrogantes en sus platos,
con la diaria lectura, entre ruido de cubiertos.

Lo mejor: cantar en el coro,
en la iglesia,
debajo de la torre “Lapicero,“
bien abiertos nuestros ojos,
de par en par,
ver a los niños con sus padres,
¡qué envidia, qué gozo y, más, qué tristeza!

¿Y pasear tranquilos,
sin la amenaza de aquella correa?

Un día, una niña, con la sonrisa en sus labios,
jugando en la acera,
me ofreció su rubia muñeca.

Niñez sin juguetes;
tardes invernales, tediosas, interminables,
de pipas y cacahuetes
para confortar estómagos tristes, vacíos.

Edad temprana para el insomnio; noches largas,
eternas,
carentes de cariños, abrazos y de besos.


Pero todo aquello quedó muy lejos...



 El toro de la Vega


Ay! Toro, torito,  toro de gran poderío
¿por qué te hiere esa chusma,
por qué te acosa el gentío ?

Matarifes a caballo, con sus lanzas, largas,
-pues las alarga el miedo-
acuchillan tu poderoso cuerpo.
Están  sedientos, ávidos de sangre,
España, sangre y mies es tu bandera.

¿Qué mal has cometido, qué mal ha hecho tu especie
que hace que, en estos lances, yo a la mía desprecie?

No puedo mirarte,  no puedo ver esos ojos
llenos de horror, dolor y espanto,
mientras, tu cuerpo yace descosido, sangrando.



 La computadora


Tildaba de aburrida y árida 
a la dueña y señora del mundo: la Informática.
¡Cuán equivocado estaba!

Hace poco tiempo,
apenas unos años,
abandoné los miedos y mis propios engaños.

Empecé a hacer pinitos,
algún que otro trabajo,
un solitario, a veces, y,  cómo no, poemas
en la pantalla dejé reflejados.

Como os he dicho,
de eso hace unos pocos años, y ahora
sí, aquí estoy, usando yo mi teclado.

Si el gran Cervantes o Lope de Vega
lo hubieran utilizado,
estanterías bastantes no habría en el mundo
para almacenar tantas letras...

Ah! pero... ¿qué es lo que digo?
¡qué desatino! en un  simple CD
muchos poemas archivo.



Le llamaban Nadie


- pues le quitaron hasta el Don-

Era un hombre gris,
como día sin efeméride
ni nombre en el santoral
ni señal en el calendario
.
Para nadie era útil
para nadie querido,
ni necesario.
No se sabe si ya murió
o si anda por ahí, extraviado.



  Dos de Noviembre, día de los muertos

Y cuando aún a mis días algún quinto me asiste,
cruzo, en frágil barca, este mar de olas encrespado.
La orilla, aun cercana, no diviso ni calculo
su distancia. Compañeros de vivencias yacen
en tierras subterráneas, sus almas los cielos
entrelazan como ocio, a la espera mi arribada,
con mi remar cada vez, más vacilante y lento,
mas llegada tan asegurada como cierta.



Yo,


que por la vida caminé seguro,
aun dando tropiezos a cada paso,
ante ti camino titubeante.

Quizá no dé  traspiés, o quizá sí,
mas sí sé cuál debe ser mi camino,
y, también, qué camino no es el mío.



Por hacer…

nada me resta, más que disfrutar
de todos los míos,
y esperar que mi longevidad
muy dilatada no sea, ni sea para ellos,
ni para mí mismo, una carga.

Que el futuro, que es siempre tan incierto,
y Dios, en quien fervientemente creo,
les colme de Paz y Felicidad .

Éste es mi mayor deseo.                                                                             




Los últimos pasos

 

Y cuando el fin de mis pasos
por el polvo de los caminos haya llegado,
de mi semblante elegir,
para vuestro recuerdo,
las mejores de mis sonrisas,
con mi amor, a vosotros dirigidas.

No digo que olvidéis las muecas

de los malos ratos, pues la vida de las unas
y de los otros se enriquece.
Mas priorizar en la memoria los buenos tragos,
ello os otorgará más amable sensación
y recreo más grato.