viernes, 25 de septiembre de 2015

ATARDECER DEL ALMA





POEMAS









Atardecer del alma












JORGE TORRES DAUDET


©Fotografía portada: Eduardo Torres

©Atardecer del alma 









               


Índice


No sé qué hacer este Domingo (o negros nubarrones) 11
Bracera infatigable  46
Dos de Noviembre, día de los muertos.
Hombre contra hombre  57
París, Viernes 13, 2015
Defensores de nada
Las puertas del tiempo  59
23 de Junio de 2007
Demasiado tarde  79
El reloj, a(na)tómico  93
Adrián, te esperamos, te queremos ya.










               

 

 

 

                      



 

 

 

 

                        Cap. I

                      De las cosas de la vida

No sé qué hacer este Domingo.

( o negros nubarrones)

Podría vadear un río de márgenes inimaginables,
caminar tranquilo por una estrecha y elevada cornisa
o correr por ella, a más de cien millas, por segundo.

Pudiera, quizá, envenenarme con mucho de alcohol metílico,                      
o bien, pudiera vigilar las musarañas que desfilan atrevidas
por mi cuarto, sin ningún respeto al frío.

Podría hacer un crucero por un campo de trigo
y besar a las amapolas e invitarlas a viajar conmigo.
Podría, podría, caminar cualquier camino,
con el polvo en mis cejas y mil nudos en mi ombligo.

Podría acompañar a las mariposas en sus transcontinentales vuelos, 
cortarme las alas de mis devaneos,
o hacer eco a las lúdicas cigarras indignadas del estío.
Podría contar cuentos sin cuento, reclamar derechos,
sin respeto a lo ajeno.

Podría desafiar, como Don Quijote, a sus, nuestros, enemigos,
hoy más altos y altaneros por las palas que mueven los vientos.
Podría escalar cipreses, y gritar, gritar al cielo con lúgubre plañido,
con dolor, sin remordimiento,
o tumbarme en las tumbas a su sombra,
o esconderme en los nichos, a su abrigo.

Podría morder a las ratas, inoculándolas mis turbios pensamientos,
apresar a los banqueros,
usureros insaciables, en sus cajas fuertes
repletas de sus lingotes de oro y
de las miserias de sus muchos pobres deudores.

Volar, podría, por los muy negros nubarrones,
los que invaden mis vacíos, llenos de dudosos
presagios, y cada vez más ciertos… por lo incierto.


Diez años y un día

La muerte, madrugadora y ávida de sangre,
aliada con secuaces sin bandera
ni puños conocidos,
a día de hoy,
pero, seguro, sin almas ni entrañas,
marcó para siempre esta fecha.
Aquel día durante pocas horas, muy pocas,
la tragedia haría olvidar las rivalidades,
nos hermanaría en el dolor, los ayes, lágrimas.
A los pueblos los une la tragedia...
Pareciera que fuera a cambiar todo,
pero, como si fueran buitres agazapados,
pronto extendieron sus alas sobre los cadáveres,
sus despojos.
Acudieron al olor y color de la sangre. 
En la gran confusión de
"tantanes" modernos, SMS  y consignas,
se dieron su festín, exigiendo lo imposible,
entre los graznidos acusadores,
sin respetar silencios,
que se debieron respetar.
Después de aquellos malditos días, cambió todo,
cambió de distinto modo. Sería una década
perdida, despreciada por muchos, un mirar
hacia atrás, la torpeza y el rencor.
Hoy, 11 de Marzo, piden, se pide unidad. Un
“ingenuo” "hoy toca unidad" a toro pasado.
Han pasado diez años y un día, demasiado tarde ya.



Hartura

Porque moscas y moscones acudan
a la miel y se escupan la hiel. De que
"fachas" y "progres", "progres" y "fachas" se sacudan,
se sacudan responsabilidades,
irresponsables,  y luchen por despedazarse,
devorarse la    t       a       r       t       a, 
sus despojos,
restos del pasado para olvidar,
para algunos olvidados ya.

De algunos jueces, magistrados, que no se sabe
si estudiaron, entendieron las leyes,
los derechos a aplicar.
De que la Justicia,
más ciega, aunque abierta de ojos, tropiece
por alguna esquina.

De que las calles ardan,
las quemen, de hartura, del amargor desmedido,
y bárbaro, mientras los capitostes 
arrojan a la espalda las copas de champán,
satisfechos de osadía y poder.

De los rencores, memoria y odios heredados,
transgénicos que no quieren mutar.
La Historia servida a la carta,
al gusto de cada cual.

De esclavos del tedio, atadas sus manos,
cerradas sus tripas, que quieren,
necesitan trabajar.

De hogares sin leña ni fuego ni olla.

De privilegiados con su puesto asegurado,
que nunca han trabajado, ni trabajan
ni trabajarán -su voluntad
no da para más,
para más, mucho más, da su jornal-

Porque, como los locos, hay muchos más ladrones
sueltos que encerrados en su lugar.
Porque, en este país, no queda qué robar más.

De los feudales de turno,
ilusionistas de naciones de chiste-ra
triste y rota.

Porque la ETA capitalice su no matar.


Caminos de Soria

                         Era la voz del viajero
                                                           que partió a lejanas tierras.
                                                           A. Machado
                                                                                               


Hoy he seguido los caminos que holló el maestro
Antonio Machado.
Su recuerdo y el aroma a pino me acompañan.
He dejado atrás Vinuesa.
Me he mirado en el espejo sombrío
de la Laguna Negra.     
He intentado, en vano, escrutar su fondo sin fin,
allí donde, según la fábula y el romance
del maestro, yacen los restos de Alvargonzález,
El agua, quieta, cobija su aciago misterio,
aún estremecida,
como con dolor de madre.
Los pinos, silentes guardianes,
emulan en su hacer a los cipreses, 
forman filas de entierro y, con el viento,
entonan canto fúnebre.
El cielo gris no oculta la leyenda,
todo clama realidad;
allá abajo, en las tinieblas del agua,
yace un muerto y… no descansa.


Carretera de Sigüenza a Soria


Salgo de la ciudad,
atravieso las aceradas vías del tren,
camino de vidas inquietas.

A la izquierda, desde lo alto
de la ladera del monte,
Sigüenza, siempre bella y callada,
la Catedral, sus almenadas torres
y maltrechas murallas del Castillo.

Las calles reptan empinadas cuestas.

Siguiendo para adelante, en la misma mano,
Séñigo, el torreón vigía, ciego,
Diseminados por entre la hierba sus despojos,
rendidos al paso del tiempo
y la desidia.

Desde esa media cota se abre el cielo
a un frondoso y gran valle.
Serpentean los arroyos
sus rumores de antaño,
entre un calmo océano de trigales.

El monte acerca el horizonte,
entrecortado por viejas carrrascas,
arrugados encinares, donde se oyen cantos
nupciales de aves.

Dos hileras, rectas, de erguidos chopos
perfilan la carretera, como si, más bien,
fueran márgenes de un callado río.

Sigo mi camino.

Ya de noche, con luna propicia, se perfilan 
las murallas del derruido
castillo de La Riba de Santiuste,
en figuras fantasmagóricas.
El eco del francés en sus muros.

De hinojos, como reverencia, el río Salado,
que atravieso en mi caminar a Atienza.

A un lado, fruto del reposo al sol de sus aguas,
las salinas de Imón,
encasilladas en cuadrículas
blancas, como si parcelas urbanas en venta,
sin vida, fueran.

Y, al cabo, Atienza,
arriba, acariciando el cielo, llena de historia,
con sus iglesias y castillo en ruinas,
su torre, con orgullo, erguida.
Atalaya, ahora en perdida lucha
contra la lluvia y los vientos.


Encuentro casual



A mi compañero de estudios José Luis O.


Tomo  de vuelta a casa un autobús.
Desde mi asiento, nada más verte, 
te he reconocido. Más de 48 años
transcurridos sin vernos
justifican mis dudas que seas tú quien pienso.
A pesar de los años no  han borrado
de tu cara esa cara de niño, de buen niño ,
la misma de ahora, con tu cazadora de cuero,
zapatos nuevos y cartilla de ahorros, de oro,
en la mano. Tu mirada se pierde
por el cristal de la ventanilla, sin embargo,
creo que no ves nada; piensas en el ayer,
la diferencia del ayer a tu hoy.
Tiempos difíciles ¿verdad? aquéllos,
Te sigo observando, aunque, no estoy seguro seas
tú realmente. Ha pasado tanto tiempo, tanto …

Ya se acerca mi parada, he dejado mi asiento
y he recorrido la distancia que nos separa.
Estoy justo a tu lado, dudando saludarte
o no. Desisto. Pero es justo en ese momento
que,a mis espaldas, puedo oir una voz femenina:
“José Luis, faltan dos paradas”
Tú respondes afirmativamente
“Sí, son dos paradas”
Tu voz, inconfundible,  confirma que eres tú.
Sin ser necesario, ¿José Luis O? te pregunto. 
Aún sentado, levantas la cabeza, miras
mi rostro…¿No me reconoces, eh? Te pregunto
de nuevo.
Mueves negativamente la cabeza. ¡Claro!
Han pasado 48 años y, sobre
todo, lo han hecho demoledores, para mí, .
Me miras intentas adivinar
quién soy, intentando reconocer
a ese extraño que crees
está equivocado, sí, pero que ha pronunciado
tu nombre y apellido…
Te propino un cachete cariñoso,
al mismo tiempo, te digo mi nombre.
Ahora sí, reaccionas con gran sonrisa,
en tu cara de niño mayor.
“Me dijeron que has ejercido
de maestro aquí, en Madrid”
Sí. Me dices que formaste
parte de una cooperativa, más de mil
alumnos!…-ahora comprendo la mirada
acariciante a tu cartilla de oro-

El autobús llega a mi parada.
Nos despedimos. 
Me dices “ A ver si nos vemos”
Seguro, pienso, que no dentro de otros
48 años…








El caballero de la mano en el pecho. (De El Greco)

Esta anónima figura,
de grave y seco semblante,
ojos de mirada desigual…
¿es, quizá, genial escritor,
marqués, caballero andante,
otro Quijote de la Mancha,
mas de vestir oscuro y elegante,
presto a llevar su cuidada
y fina mano
del pecho a la espada,
por amparar a alguna dama,
o porfiar por su amada?

¿O, más bien, cualquiera sabe,
es un truhán pendenciero, 
ojeroso libertino, 
trasnochador…un mujeriego,
siempre del lecho a la lucha,
o, qué más da,
de la lucha al lecho?
¿Es un Don Juan de la corte, discreto,
en busca de mil y una Inés?

Así parece decir,
con la mano en el pecho:
“De lo nuestro... ni palabra,
válgame Dios, os lo prometo.”


Ese edificio...

                       Dedicado a los cirujanos, médicos,
                       enfermeras y auxiliares, del Hospital
                       de la Princesa, en Madrid,                                                    
           que han tratado recientemente a mi mujer.                         

Enfrente de mi casa,
justo enfrente de donde vivo,
hay un gran edificio. En sus fachadas
muchas ventanas,
decenas de ventanas, por fachada.

Es un hospital, un gran hospital,
la ciudad de los enfermos.
Escandalosas sirenas de las ambulancias
invaden el silencio de las noches,
se yerguen sobre el leve murmullo de los días.

Ir y venir de gentes presurosas,
su andar trasciende los sentimientos, los preludios
de la muerte.
A veces, los pañuelos se dirigen
a unos ojos húmedos, de incontinencia trágica,
de triste y perdida mirada.
Salas de espera llenas,
consultas, urgencias, batas blancas, trajes verdes,
máscaras, pañuelos a lo pirata.
Sillas con ruedas, botellas colgando,
bolsas, líquidos que fluyen.
Camillas, con mismas botellas, bolsas.
Ascensores que suben y bajan, nunca llegan...
tal es la impaciencia. Trasiego ininterrumpido.
Diagnósticos por rayos X, laser, nucleares.
“Coja su turno” y filas largas de tres dígitos,
extracciones de sangre, mililitros, centilitros,
que suman, suman, suman litros y enfermedades.
Rostros macilentos, dolor, dolores
en todos los géneros y todas las edades.
Ojeras cavernosas, marrones, casi negras.
Pañuelos femeninos ocultando
crueles calvas que no debieran haber crecido.

La fé, la esperanza, como últimos asideros.
Las ventanas, día y noche, guardan el silencio.
Enfermeras, auxiliares, pastillas, sonrisas
que arrancan otras que se creían imposibles.

Quirófanos, mesas de acero,
frías como las luces que iluminan sus cuerpos.
Ojos escrutadores,
manos expertas, precisas;
el bisturí no tiembla.
Química, oxígeno, ciencia,
monitores enchufados a cuerpos desnudos,
afeitados, abiertos, órganos esparcidos,
al aire. A la muerte se la frena o se derrota
o, inexorablemente, triunfa.

Morfina, el dolor disminuye,

Puertas autómatas que cierran encarnizada
lucha entre la vida y la muerte, muerte, MUERTE,
siempre presente y amenazadora.
Vidas que zozobran, ciencia, éxitos,
fracasos. Esperas interminables pendientes
de puertas que siempre se cierran y, pareciera,
nunca se abren. Emociones, nervios desbocados.

Cuando las luces se apagan... presagio batallas
perdidas.

La luna recorta su enorme corpulencia,
su escasa luz acrecienta el misterio,
el dolor que guardan sus paredes.
Cuando el sol alcanza sus muros
renace la vida, despierta
la esperanza.




Sequía

Veranos madrugadores de soles
descarados,
amaneceres con resacas.
Nubes rojizas, colmadas de polvo.
Vientos que queman las pieles
y columpian las miserias.

Perezosos otoños que no llegan,
escasas ausencias de soles.
Rayos proyectados sobre lejanos
y abrasados horizontes.

Ocasos con nubes plomizas,
prometedoras de lluvia improbable.
Vientos que despeinan campos resecos,
muertos, inertes.
Tormentas de relámpagos,
truenos, rayos y hojas secas.

Nubes de espitas clausuradas.






Llueve

Llueve, ¡por fin, llueve!
Asomado a la ventana veo la calzada,
la calle mojada, inundada,
salpicada por gotas de agua.

Salen los primeros hongos de la temporada:
los multicolores paraguas,
relucientes y cansinos
de tanto reposo, de sequía acostumbrada,
maldita, cual la maldición de plaga.

El cielo, con un gris plomizo, se despereza;
abre sus ya generosas espitas
y riega, con deseado y húmedo maná,
los campos, resecos y cuarteados,
como piel de octogenario.

Mucha gente corre, chapoteando
los charcos y salvando los riachuelos
que, en un momento, surcan
los pasos cebra, con vocación de llenar cuencas
y tajos.



¡Oh, agua!

¡Oh, agua,
lluvia, rocío, hielo, granizo, nieve,
variopinto ropero vistes!

Jinete a caballo de las olas encrespadas.

Fría y enigmática dama, de vaporoso
y sutil velo, el de las grises nieblas.

Espeleóloga tenaz
y penetrante en los abismos
de la tierra, la amante de la linfa.

Te cuelgas de las elevadas cimas
con tu capa de armiño,
juegas con las nubes, las acaricias,
las horadas.

Saltas, te precipitas, cantarina,
por laderas y hondonadas.
Socavas hoces, diseñas las cuevas,
con estalactitas y fantasiosas
arquitecturas en calizas tierras.

Grotesca profanadora de tumbas,
lames, necrófaga impúdica, cuerpos
putrefactos
babeando limos infectos y viscosos…

…y surges inocente y pura,
al manto de la tierra,
con caricia húmeda.

En los amaneceres perlas flores,
con fulgores diamantinos.

Irisas el cielo, los campos; les prestas vida,
Sacias, agua, el ansia de los sedientos
con tu caída suave y armoniosa,
o los siembras de muerte
con olas gigantescas y voraces.

Ocupas de azul el globo, y tu obstinada ausencia
viste de sequía los campos,
arrasa la capa verde,
y la convirte en zona estéril, muerta.

Agua, en las nubes, los ríos y mares
tu singladura vuelve a empezar.


Medina de Rioseco


       Ciudad de grandes y bellas iglesias,
    monumentales pasos de Semana Santa,
   sabrosas viandas, exquisito cordero
      con buenos caldos y soportales viejos,
                                                                                                 permíteme en el tiempo,
                 hacer un hueco.




Sobre las piedras, redondas
y húmedas, de tus calles,
cerca de Santa María,
la muerte ví, por vez primera;
aquel cadáver,
que vida, sólo unos minutos antes, tuviera.

Cuántas veces soñé con aquella cenicienta,
cara por la que resbalaba
un hilillo de sangre, desde la boca abierta.

Por segunda vez, en tan poco tiempo,
la muerte anduvo cerca; de noche, cual fantasma,
se llevó a un postulante
que murió de asma.

Mis escasos años
tropezaron con el silencio,
con las rigurosas reglas,
como el trato de usted
a mis compañeros.

El leve pitido del tren, 
avisaba del fin de nuestras horas de estudio,
de recreos o de rezos.

Sus vías estrechas, eran, a veces,
nuestros senderos de cortos paseos,
no lejos del convento.

La cruel ausencia
de mis seres queridos.

Lo peor, llamar padre
a quien el mío no era, al que yo tanto quería
y estaba tan lejos.

El dormitorio en obras,
en crudo invierno...
Sábanas que mojaba con mis sueños,
de tristezas y de miedos.

Por caminos nevados, carreras, perseguidos
por aquel novicio,
que nos daba golpes con su correa, 
Correazos en las piernas, desnudas y tiernas,
de niños de diez primaveras.
Nevadas que ocultaban los caminos,
las carreteras.
Heladas que mostraban grandes chuzos,
cayendo de las tejas.

Tierra de Campos...campos bellos.
En primavera altos trigos, 
con estallido de flores,
olores y sentidos.

Grandiosas dehesas con reses bravas pastando,
con redondos y poblados palomares de aves
viajeras, que sobrevuelan sus campos.

Las comidas, en el refectorio,
con interrogantes en sus platos,
con la diaria lectura, entre ruido de cubiertos.

Lo mejor: cantar en el coro,
en la iglesia,
debajo de la torre “Lapicero,“
bien abiertos nuestros ojos,
de par en par,
ver a los niños con sus padres,
¡qué envidia, qué gozo y, más, qué tristeza!

¿Y pasear tranquilos,
sin la amenaza de aquella correa?

Un día, una niña, con la sonrisa en sus labios,
jugando en la acera,
me ofreció su rubia muñeca.

Niñez sin juguetes;
tardes invernales, tediosas, interminables,
de pipas y cacahuetes
para confortar estómagos tristes, vacíos.

Edad temprana para el insomnio; noches largas,
eternas,
carentes de cariños, abrazos y de besos.


Pero todo aquello quedó muy lejos...



Onomatopeyas de la España cañí

¡Olé! ¡ooolé!  ¡oooolé!  ¡oooolé!
aplausos, muchos, con las orejas y con rabo.

¡Ele!  ¡ele!  ¡ele!  ¡ele!  ¡ele! ¡ele!
palmas, pitos, tacones.

¡Ere!  ¡ere!  ¡ere!  ¡ere!  ¡ere! ¡ere!
sindicatos…las manos en los bolsillos… llenos,
“presuntamente”. Del otro lado… paro y hambre.
Lobos, no pirenáicos, guardando los rebaños.



Rescatado de ti

No era verdad, me has mentido; a ti misma
te has engañado.
Me he desasido de tus largas, huesudas manos.
Mi corazón late con la alegría,
la esperanza de antaño.

Dos meses, muchos días,
creyendo estar bajo tu odioso yugo;
vuelvo a sonreír, suspiro por cosas triviales,
pienso, creo, en un futuro lejano.

Veo, otra vez, la vida
bella, con atractivos y sin pena, con nuevos
bríos. No estoy cansado; con felicidad miro
a los míos, sin adiós en mis labios.

Ahora las noches son menos negras,
menos de túnel, menos de caverna;
la noche es más azul y tiene luna y estrellas,
y me duerme, me arrulla, me consuela.

No te digo adiós porque no puedo,
ahí estás tú, siempre afanando desventuras,
siempre borrando sonrisas,
siempre llenando sepulturas.

Te diré hasta la vista,
si es que, sin que náuseas me provoques ,
verte puedo.
Y, cuando se presente la hora, antes de mirarte,
antes, los ojos cierro, después, muero.



Una mañana de paseo,

Hoy es domingo, las calles vacías.
El viento, muy frío, mantiene a la gente en casa y
hace que se escapen de mis ojos unas lágrimas,
me acompaña, me empuja y, revoltoso,
juega con las alas de mi sombrero.
Camino muy lento, pisando la huella
de mi última mirada.
Mis pasos no me llevan a ningún sitio, solo
camino, sin tiempo de llegada ni regreso.
El bulevar está sembrado de hojas inquietas
que, muy revoltosas, mudan su estancia.
Un joven con gabán y bufanda está en un banco
la cabeza apoyada en los brazos y éstos sobre
las piernas, semicerradas.
Gotas de orín se descuelgan de su asiento, forman
charco en el suelo. Silenciosa, como para
no despertarlo, mas con sus destellantes luces,
llega una ambulancia. Tras breve examen
le introducen en el vehículo, en la camilla
como con mimo. La ambulancia marcha veloz
con la sirena, ahora, a cientos de decibelios.
Nieva, pequeños copos se clavan en mi rostro,
impulsados, con rabia, por el viento.
Vuelvo a casa. Doy por terminado mi paseo.


Cronos


se acercan salvajes, azotan las negras rocas,
traen troncos, botellas... sin mensajes.

El viento roza mi cara con sabor a sales,
trae aromas, idiomas de otras tierras;
arrastra ilusiones de desconocidas almas.
Océano, sus bravas y espumosas aguas,
cubren la distancia, montañas, simas,
piélagos, con los mismos cielos y mismos vientos
en dirección contraria.

Hechos en el mismo instante con la diferencia
horaria; el Sol es madrugador o trasnochado,
dependiendo del meridiano que lo acompaña.

Así en toda la Tierra;
mientras unos duermen y sueñan, otros trabajan.



Espejos


Siempre os negasteis a admitir mi edad en el tiempo,
en el que mis ojos se cruzaban con los vuestros.
Siempre me hicisteis más viejo. Ahora ya no tengo
edad para veros, no me interesan
vuestros, más que menos , equivocados reflejos.


Me traía una sonrisa...

Te encontraron y liberaron
de un árbol solitario, atada con una soga
que una malévola mano rodeó tu cuello.

Podrías haber muerto de sed, de hambre...
Estabas resignada, sin ladrar, cuerpo en tierra,
temiendo tu muerte cercana

Tu dolor no era la muerte,
era el abandono de quien tu amabas.

Una bendita mano cercenó aquella soga
y te procuró mejor dueño

Eras pequeña, huesuda, con manto negro y gris;
te pusimos de nombre “Pelos”.

Al principio de adoptarte, cuando la adoptamos,
temblaba temiendo se la pudiera
aún hacer más daño.

Al poco, era su cara una sonrisa y sus ojos
vivos, acariciadores, eran... la esperanza.

Los pelos de tu cara
apenas dejaban ver tus ojitos vivaces,
una vez olvidada la angustia de saberte
repudiada.

Pequeña, tímida, de mirada vivaracha,
¡qué ojos, qué ojos!, lo podían decír casi todo...
y yo, ¡tonto de mí!, no te escuchaba.

presta a acercarme la silla o abrirme el cielo;
hacer lo imposible estaba en su mano.

Huesitos revestidos de pelambrera gris,
canas de fatigas y dolor de muy mal trato,

De gran vitalidad, poquita cosa
saltarina inagotable,
mágica alegría recibiendo las caricias 
una simple mirada, una frase cariñosa,
o una simple palabra. Su boquita entornada
dejaba saber su dicha, en sonrisa plasmada.

Le procuramos un buen galán, un guapo macho.
Y de aquel encuentro, estando toda la familia
de veraneo en la costa, parió sus cachorros.

¡Ternura, y habilidad, cuidando a sus criaturas!
llevándolas, asidas de la boca.

Cómo sus ojos preguntaban nuestra opinión
cuando nos presentó a sus pequeños...tan radiante
y orgullosa.

Nunca supimos tu edad. pues, cual coqueta dama,
siempre guardaste en secreto ese dato.

Al cabo de muchos años desapareció
en nuestra casa del campo; nunca más supimos
de ella.

Pero no hace mucho, Coco, mi buen perro actual,
en su boca asida, me traía una sonrisa
que yo supe adivinar en los dientes
de un pequeño maxilar.

Era la sonrisa de mi querida “Pelos”
dándome su último adiós.




Entonces

las ruinas de mi ciudad; mis ojos, inocentes,
como los de todos los niños, solo llegaban
a ver casas hundidas, “rotas”,
como si hubieran estado así toda la vida.

Algunas, los cristales de sus ventanas hechos
mil pedazos. En su interior, espacios
huecos, invadidos por la maleza.
Los tiestos con plantas secas, marchitas, haciendo
juego con todo lo del alrededor. De tierra
rojiza las calzadas de las calles...

Los mayores la mirada baja. Algunos, muchos,
la familia y el alma destrozadas.

Los inviernos eran de crudo frío,
dentro y fuera de las casas...
frío insoportable con estómagos vacíos,
silenciando con dolor sus quejidos.

La guerra había pasado y se notaba su huella
de canalla, sangrienta, cruel,
y destructiva fiera.



Monólogo de la Parca

sin enterarte,
sin darte por enterado, sin hacerme caso,
tal vez, coqueteando conmigo. ¡Y mira que,
muchas veces, parecía que a seguirme estabas
empeñado...!Cualquier hora para ello era buena,
nada hacías por evitarlo
Quizá preferías la oscuridad de la noche...
¡Claro, seguro!
Muchos kilómetros a velocímetro plano,
con muchas copas de más. Aquella discusión
con aquel loco airado, él con cuchillo en la mano...
Sí, muchas veces me has tentado, has tentado tu 
suerte, y...,¡mira,  has salido bien parado...!”




Un día más.

con tules de penumbra y agonizante estrella.
Pronto, las luces lloran su temblor inquietante,
no sólo por el día que se va,
aunque venga otro día,
llevándose, sin retornar, lo que nuestros sueños
recibían, onírica ilusión,
defraudada al despertar en medio de la noche.
Mientras la desolación da paso a la tristeza 
y a los miedos que se avivan con la parda luz
de las tinieblas y el loco alarido del viento.


El toro de la Vega

Ay! Toro, torito, toro de gran poderío
por qué te hiere esa chusma,
por qué te acosa el gentío ?

Matarifes a caballo, con sus lanzas largas,
pues las alarga el miedo,
acuchillan tu poderoso cuerpo.
Están sedientos, ávidos de sangre,
España, sangre y mies es tu bandera.

¿Qué mal has cometido, qué mal ha hecho tu especie
que hace que, en estos lances, yo a la mía desprecie?

No puedo mirarte, no puedo ver esos ojos
llenos de horror, dolor y espanto,
mientras tu cuerpo yace, descosido, sangrando.








El Maine está congelado y desierto,

Veintidós grados bajo cero.
El cielo, apenas despierto, perezoso, rojo
y piedra, hecho trozos, cual lecho de río seco.
Y, de repente, el sol lo invade todo, se exhibe
distante, frío, sólo presta luz y color.
La luna, indiscreta, le sonríe, enamorada
y ociosa, su dedicación perenne.
La ligera brisa despeina la capa de hielo,
y lanza la nieve cual arena del desierto

El avión es una figura blanca escarchada.
Las ventanillas como lupas, cubitos de hielo.
La nave, frágil jilguero, entumecida, inmóvil, 
incapaz de levantar vuelo.

Somnolientos descendemos al aeropuerto.
Estiramos las piernas. Café negro y ardiendo.

Una extraña máquina, de largo brazo, arroja
enormes chorros de liquido color rosáceo
que apenas vencen el hielo que cubre la nave.

De nuevo, en la cabina.
Una voz aguardentosa, por megafonía,
nos anuncia el próximo despegue del avión.
Esa voz nos alarma, casi huele a alcohol
Pongo entonces en marcha mi cámara de vídeo.
El destello de las luces de gálibo
acompañan al avión sobre la pista helada,
hasta que, después de largos segundos, eternos,
el avión, por fin, se eleva, no
sin la ayuda de los apresurados latidos
de casi trescientos desbocados corazones.

Después la calma,
siempre tensa para mi cuando vuelo.
El avión ha logrado subir.

No mucho más tarde, allá
abajo, ganando en profundidad a las nubes,
la bahía del Hudson,
Las torres gemelas, inocentes pero altivas,
sin adivinar su futuro,
vuelcan su sombra a otras más humildes.
Sin embargo, arriba, a más de treinta y cinco mil
pies de altura, todo, humano o no, es pequeño, poca
cosa, intrascendente. Como juguete sin dueño.


Bracera infatigable


Con tu figura negra, y famélica sombra, eres
bracera infatigable, sementera
de dolor y muerte. Afanosa
destructora de vida, alegría y corazones

Tu mies es mucha, tallos tiernos, 
nacidos a la luz apenas,
también recios y erguidos.

Nadie esquiva tu afilada arma.
Fisgona de tinieblas, de ellas reina,
todos sucumben a la mirada de tus cuencos
huecos, de luz vacíos.
.
En la abundancia y en la hambruna
culminas siempre tu misión grotesca,
grosera, como tú, la misma Muerte.
Nunca sacias el apetito de tus huesudas,
siniestras, fauces, siempre insatisfechas de sangre.

Así eres, de sanguinaria y atroz.
Horrores causa tu presencia eterna.



Dos de Noviembre, día de los muertos.
Y cuando aún a mis días algún quinto me asiste,
cruzo, en frágil barca, este mar de olas encrespado.
La orilla, aun cercana, no diviso ni calculo
su distancia. Compañeros de vivencias yacen
en tierras subterráneas, sus almas los cielos
entrelazan como ocio, a la espera mi arribada,
con mi remar cada vez, más vacilante y lento,
mas llegada tan asegurada como cierta.



Madrid, año 2015.




El desahuciado

frente a ti, quizá, no por vez primera,
pero sí consciente
de que me has mirado y me has acercado la fecha.

Nos creemos pasar ignorados,
creemos que a ti se te engaña; ilusión inútil,
vana; es una treta tuya
más, es tu cruel patraña.

Dejar a los seres queridos,
mi mujer, mis hijos, mis nietos,
con tristeza; si no fuera
por lo trágico, se podría llamar pereza.

Pero, por qué disimular,
me da pánico no saber
cómo voy a reaccionar en ese momento,
antes de que deje de respirar.

Hace poco tiempo, hace unos meses, nada más,
me miraba al espejo;
me veía joven, hoy viejo,
muy viejo, por fuera, viejo por dentro.
Has olido desde lejos,
desde cerca, siempre al lado, siguiendo el rastro,
carroñera fiera.

No es la manera que yo deseé,
la que, en avanzadilla,
me has prometido, si quieres,
que poder... puedes, cámbiala
por otra menos dolorosa, menos
cruenta; te estaré muy agradecido.

Hoy las luces me parecen tristes...
¿Sentirán que yo me vaya?




Soledad

sólo adjetivos te acompañan;
triste soledad,
por nadie deseada.

Codiciada soledad,
del que la desea
y nunca la siente lograda.

Funesta soledad,
la del preso,
con su libertad enjaulada.

Religiosa soledad
la del monje,
con su alma enclaustrada.

Patética soledad,
la del huraño,
que sólo a él le hace daño.

Fructífera soledad,
la del poeta,
a veces tan deseada
como la libertad.





Doliente desconocida

Estoy esperando en un hospital,
cuando una mujer esbelta, bella, entra en la sala;
parece estar embarazada.

Su cara es del blanco de la azucena;
su frágil cuerpo, paso
a paso, con dificultad avanza.

No veo sus ojos, escondidos tras sus gafas 
con cristales oscuros, de pudor; pareciera
que intentara ocultar su gran dolor.

Apoyada va en el brazo de quien la acompaña,
con su extrema debilidad,
con su total elegancia.

Una vez que avanza unos pasos,
en una silla se apoya,
no soporta más esfuerzo.

Aun así, por momentos,
su malestar va en aumento.
Pensé que podía
dar a luz allí, en medio de la sala.

Las enfermeras salen a ayudarla,
las molestias no cesan y
respirar no la dejan...

Una sanitaria abanica su cara, pálida,
más pálida por momentos.

Yo, muy cerca, puedo ver
su cuello, de cisne, cuando
la liberan del pañuelo que ciñe.

El sudor perlado de su frente queda frío,
mientras exhala débiles quejidos.

La aplican oxígeno; la careta
su rostro no afea.
Su cabeza de un lado a otro,
en su cuello se balancea.

En silla de ruedas la trasladan a otra sala.
Cuando cierran la puerta,
en mi interior la deseo
feliz alumbramiento,

Más tarde pregunté por ella.
Lo que creía era feliz acontecimiento
era tragedia:
cáncer, lo abultado de su vientre, las molestias:
el tratamiento.

Una flor marchita, conservando aún su belleza.


La computadora

a la dueña y señora del mundo: la Informática.
¡Cuán equivocado estaba!

Hace poco tiempo,
apenas unos años,
abandoné los miedos y mis propios engaños.

Empecé a hacer pinitos,
algún que otro trabajo,
un solitario, a veces, y, cómo no, poemas
en la pantalla dejé reflejados.

Como os he dicho,
de eso hace unos pocos años, y ahora
sí, aquí estoy, usando yo mi teclado.

Si el gran Cervantes o Lope de Vega
lo hubieran utilizado,
estanterías bastantes no habría en el mundo
para almacenar tantas letras...

Ah! pero... ¿qué es lo que digo?
¡qué desatino! en un  simple CD
muchos poemas archivo.




Dos amantes

Río, peregrino donjuanesco infatigable,
tu obstinado talle, perlado
y sudoroso, repta sobre frondosa tierra
y te acoge, impudorosa, cual sedienta amante.

Te ofrece, generosa, los recovecos de sus márgenes,
los irrigas con tu limo, como sementera.
Tras envites, más o menos fieros, incansables,
hasta llegar tu interminable orgasmo final,
volcado en tu otra gran amante,
la mar, siempre abierta, juguetona e insaciable.



Mar

Mar, respiro y morada de diminutos seres
y de enormes carnadas.
En tus praderas, y profundas simas,
la vida se esconde, la vida aflora.

Espejo donde se miran las lunas,
con su sol, entre nubes.

Cantos de sirenas,
caminos de conquista,
tumba de batallas,
descanso de ambiciones.

Muchos pueblos en tus aguas
escribieron su historia;
en tus aguas vencieron
y otros en tus fosas se hundieron.

Tus olas lamen continentes,
acercan culturas.
Por tus aguas bogan naciones.

Los pescadores, en tu grandiosidad inmensa
se ganan la vida y, también, la pierden.


Océano, mar

Cuando te ví y pisé
tus rubias arenas, por vez primera,
te mostraste como monstruosa fiera,
dando rugidos y zarpazos,
como queriéndote engullir las rocas
y toda la tierra, entera.

Mis ojos, ávidos por verte,
sorprendidos se colmaron de la inmensidad
de tu grandeza, allí se perdieron,
donde el cielo te acaricia y te besa.

Aquella y en muchas más noches yo cabalgué
sobre tus olas, acaricié los plateados
vientres de tus peces,
me sumergí en tus fondos, tocando las estrellas
y oí los bellos cantos de las ballenas.

Océano, mar, estás siempre en mis fantasías,
en mis recuerdos y en mis sueños.
Cuando te dejo pienso en mi regreso, aunque sé
que, cada vez, es... más incierto, más improbable.




Invierno

De noche las estrellas lloran heladas lágrimas.
Todo el paisaje es postal escarchada,
los inhiestos árboles con sus desnudos brazos
y los humildes rastrojos, de hinojos al suelo.

El río, mudo, quieto, con aguas hechas hielo.
La niebla envuelve al sol, también a la triste luna,
que ven su luz escasa, de penumbra.

Los lobos, callados y alerta, guardan veredas,
esperando a sus presas.

El oso duerme los días, las noches
en su osera; los silencios de los campos velan,
respetan su invernal sueño.

Y, otra vez, la noche, con su negro y azul manto,
se mira en el hielo del río, con cara llena
de luna, vacía de vida, muerta de frío.



Hombre contra hombre


Edad de piedra, edad de los metales,
bomba atómica; era de los neutrones...
En las cavernas con hacha de sílice,
en el búnker un pulsador...
así de fácil: los muertos por miles.

Tierra, este ser que te habita
que te estudia y te maltrata
que pone leyes, dice, para mimar tu vida,
es el maligno hecho persona;
no temas mal desde otros mundos.

Los mares los expolia,
los desvalija de pequeñines y ballenas
con redes y artimañas.
Y con sus matanzas el agua de sangre tiñe.

Los bosques asesina,
primero con fuego, luego, con fiera guadaña...
y su hábitat, impasible, languidece y muere.

Tu cielo es menos azul,
menos entero, más toxinas, más agujeros;
menos frío, menos hielo.

Volcanes escupiendo sus azufres,
terremotos, tsunamis, inundaciones, la ira
del huracán. Tus entrañas arrojan su bilis
contenida, de tanto dolor y tanto daño.

Pasamos por todas las historias, las antiguas,
las contemporáneas; da lo mismo;
es el tiempo que pasa,
Lo que en ellas se cuenta son las guerras, la muerte.

Y siembra el terror de pueblos enteros
niños, ancianos mujeres huyen del exterminio,
buscan paz, cobijo y pan.

Tiempos de liposucciones, masajes,
dietas, delicatessen;
se tira comida al mar, se destruye.
No solo matan las armas, el hambre
ocasiona más muertes. Opulencia,
pobreza, miseria, injusticia.

No será la invasión desde otros mundos
la que pueda acabar, Tierra, contigo.
Cuídate del hombre, con su codicia,
con su miserable y gran ambición
será tu mayor, perverso, enemigo,
tu estúpido y definitivo exterminador .

Asusta mirar el mapa.
Pobre mundo...
¡Qué mundo éste, más pobre!

París Viernes 13, 2015

Hoy, la sinrazón del fanatismo y el terror
ha apagado tus luces y tu Torre de acero,
faro de esperanza, silenciando así tu alegria,

Han profanado tu Arco del Triunfo y acogida,
hoy más pétreo de estupor
ante el ultraje de la sangre infame.

Han desolado tu cosmopolita avenida
a la Concordia, entre cadáveres de tus hijos.

Mas los vivos no sucumben ante tan cruel yugo,
en sus gargantas ruge la Marsellesa: "listos
para luchar contra vosotros"

Tus jóvenes, masacrados con alevosía,

claman justicia ante el vil despotismo.

Defensores de nada


Apenas llaman la atención,
es que ya
nos tienen acostumbrados
a sus fanfarrias y mentiras,
pues así llevan varios años.

Son los liberados,
estómagos agradecidos
huestes con cayados,
que nunca han trabajado.
Chillan, escupen sus maldades,
y, aunque viejos, el odio
les da las energías.

A mí, como a otros muchos,
me molestan todos los días
con viejas notas, rotas por la ira.
Vociferan consignas
que un barbudo cano,
de vez en cuando,
les propicia en folios
manchados por algunas líneas.

Es su quehacer cotidiano.
Así cumplen con su amo,
su sindicato,
su sustento de toda la vida,
el renacer de tropelías,
como hijos mal criados.


Las puertas del tiempo

Las puertas del tiempo se han ido
cerrando tras de mí.
Algunas con leve chasquido,
otras con portazo feroz.

Así han ido pasando los años…

¡Qué vértigo mirar hacia atrás!
Fotos olvidadas en un cajón,
imágenes apenas conocidas,
de un yo, que ya se fué.




Esta nublado, no llueve.


Hoy, como otros muchos días, es un día triste
Está nublado, la niebla
oculta los edificios,
hace llorar los cristales.

Desde mi ventana veo la calle, vacía.
De vez en cuando pasa un transeúnte,
las manos en los bolsillos,
al abrigo del frío.

Ayer era 28 de Diciembre.

Estas navidades son especialmente tristes
pues en muchos hogares habita la miseria.
Más de un millón de familias, sin culpa,
están en paro, ninguno de sus miembros tiene
trabajo ni ayudas
¿de qué se alimentan?

Algunos no tienen casa, sus deudas, los bancos,
se la arrebataron.

Las calles de Madrid están muy tristes
en estas fechas, con más luces engalanadas.
Por muchos de sus habitantes corren las lágrimas.

Las once horas, los sanitarios salen
a la calle, protestan:
“la sanidad no se vende”.

La niebla se hace más presente en la calle. Triste,
muy triste..


Fantasía de la soledad


Tu eres, silencio,
mi preferido amante,
así, penétrame.



La envidia

Pérfido sentimiento que, aun, escondido aflora.
Comparación inconformista
conlleva; a quien la siente,
y su felicidad aminora.

No hay envidia sana;
así como no es bueno
el gusano para la manzana.
De igual forma
le carcome el alma.

A quien este mal aflige
de gozar sus propios bienes
le impide, le restringe.

Siempre tiene el envidioso un bien, un don, un algo,
que no posee el envidiado, pero su propio
gran pecado, la envidia, se lo tiene velado.


El Madrid de entonces

Cuando niño, te recuerdo familiar, tranquilo;
tus calles, con sillas en las calzadas,
escuchaban a tus vecinos.

De vez en vez, pasaba un carro,
tirado por una yegua,
repartía la leche fresca
de la vaquería cercana

En los inviernos, las mujeres
encendían los braseros
en las aceras,
las calles olían a humo
de cisco y leña.

En las verbenas, el aire
esparcía el olor a anís,
y a rosquillas y a churros,
¡qué ricos, qué golosina!

Los niños acudían
solos a sus colegios,
agarrados de la mano,
corrían por la calle.

Los porteros de las casas
conocían a todos los vecinos,
del barrio de Chamberí
al de Lavapiés y de las Vistillas.

Los serenos, con sus dejes gallegos
y asturianos, al golpe de sus chuzos,
saludaban, por sus nombres,
a los amantes de la luna.


El desguace

No hace mucho tiempo llevé mi coche al desguace.
Quedé mudo, sorprendido; estanterías altas,
gigantes, estructuras enormes,
con rótulos anunciando el lugar que las piezas
ocupan en su almacenaje.
Ruedas capots, motores, todo tipo de piezas,
grandes y pequeñas.

Mi pobre coche iba a ser así destripado...

Yo sentía mala conciencia,
como no sintiera Nerón
de echar cristianos a las fieras.

Esperando estaba fuera, parado,
que de él hiciera entrega

Mi coche,
que me condujera a mil lugares,
con comodidad
y seguridad certera,
quedó allá abandonado
a otra especie de fiera
que los hierros y chapas
desmiembra con voracidad de hidráulica
tijera.


Solo curiosidad

Desde hace años me ha gustado saludar a ciertas
personas populares,
actores, presentadores de televisión
escritores, y… cómo no, hasta algún
que otro político
que me encuentro en la calle,
en cafeterías, restaurantes…

Ellos corresponden, y corresponden
a su modo, fuera de las tablas, de las cámaras
solos los dos, parados frente a frente.
El motivo que persigo, tras pocos segundos
y tras pocas palabras lo consigo:
Unos son amables, gentiles,
parlanchines y simpáticos …

Coinciden sus "yo" con la imagen
en las ondas o en el cuché
reflejada.
Otros, sin embargo, dan la mano con desgana,
la mirada altiva , se creen dioses.
Algunos no son ya ni ceniza…

¿Cómo serían Cervantes, Lope…?
Otra vez, mi yo curioso.

Recuerdo a Dalí, inefable e histriónico,
a la vez, como nadie,
ya anciano, abrazando a su mascota, su chiguagua,
apoyado en un bastón, mientras
hablaba con una dama de edad muy cercana,
su Rolls Royce, con chófer, aparcados,
olvidados acaso,
en segunda fila en la calle
Bretón de los Herreros de Madrid.
Lo natural en su charlar, afabilidad
y compostura me llamó mucho la atención,
más que cualquiera de sus desmesurados gestos
y tonos, o juegos de voz acostumbrados.
¿Podría ser por el bigote, ya inadvertido ,
tal vez su talón de Aquiles?

Quizá, desde entonces, ése mi pequeño vicio,
el de la curiosidad por ciertos personajes.





Los niños del telediario

Ya a nadie sorprende ver a esos niños,
tez del color de su abrasada tierra,
con lágrimas en los ojos y moscas
intentando devorar sus desnutridos cuerpos.

Arrojados del cálido vientre de sus madres,
sus miradas no tienen el brillo de esperanza
de los nuestros, ni el ansia de descubrir un mundo
nuevo. Son miradas opacas que siempre chocan
ante el manto de la miseria que los envuelve.

No conocen, ni conocerán, una azul cuna
ni rosa, ni tampoco agua de un manantial, fresca,
que vivifique su deshidratada figura.
Son hijos de la más brutal escasez, desidia
e injusticia del mal llamado género humano.

Nuestro recuerdo y AYUDA para ellos
en estos días cercanos a la Navidad.
Nos deseamos paz, felicidad…
Intentemos lograr para ellos supervivencia,
con sonrisa en sus labios.        


Hambruna

¡Hijo, niño, niño mío!
¿Por qué, por qué te eché
a este mundo?
¿Por qué mis carnes se abrieron?
¿Por qué consentí en aquel goce?
¿Fue, quizá, el amor pecado?

¿Por qué te castiga Dios?
¿Por qué mis pechos secos,
ni poderte dar bocado?

¿Por qué estas tierras yermas,
por qué, por qué sólo regadas
por el sudor de tu padre,
mi sudor, y mis lágrimas?

Hijo mío, me maldigo.
¡Maldito sea mi vientre!
¡Maldito sea mi cuerpo!
¡Maldita sea mi vida!

¡Maldita, maldita, maldita!
¡Mil veces sea maldita!

Ven, ven a mis brazos,
corazón mío,
que si tu mueres,

pues le quitaron hasta el Don.

Era un hombre gris,
como día sin efeméride
ni nombre en el santoral
ni señal en el calendario

Para nadie era útil
para nadie querido,
ni recordado.
No se sabe si ya murió
o si anda por ahí, extraviado.


El Más Allá

Hay más; con todo mi ser lo deseo;
no sería justo,
algo más tiene que haber.

Porque toda la vida,
durante siglos, pensando, dudando, creyendo...
rezando.

Las gentes, de todos los continentes,
de todas las razas, todos los credos...
viviendo la promesa
del Más Allá, Allí todo equidad.

Curas predicando la eternidad,
catequizando, seglares creyendo, dudando.

Las monjas de clausura,
campanadas de madrugada, con celosías,
los cantos, cilicios, rezos y ayunos.

Misioneros, misioneras,
selvas, países extraños,
enseñando sus crucifijos, sacrificados,
muriendo.

Enfermos recibiendo los Sacramentos últimos, 
al Dios verdadero.

Iglesias, catedrales, cruces
conventos, y Vaticano, papas, cardenales...

Dios mío, tiene que haber más;
cristianos, mártires en las arenas,
víctimas de leones, de hombres.

Jesucristo en la Cruz...

¿Para qué, si no, catecismos,
rosarios, oraciones,
abstinencias, ayunos,
biblias y confesiones?.

Tiene que ser verdad...

Porque si no lo fuera...
¿Vanas todas las vidas, 
ilusiones, sacrificios...es todo mentira,
todo engaño?

Si fuera mentira,
el hombre...¡qué desengaño! sería
un animal,  otro más, nada más
un animal que sólo da gusanos
y hedor al morir.

Tiene que ser verdad.
Después de la muerte, hay más... ¡estás Tú!
que eres la Eternidad




 

 

 

                    



                      

 

 

 

 

                        II

                    Siempre el amor               



Atardecer del alma

Hola espejo, brumoso y viejo amigo.
Miro tus ojos, tu frente arañada
por la poderosa zarpa del tiempo.
No te conozco. Me habla de ti tu alma.

¡Cuántos sueños, cuántas ilusiones en objetos
perdidos! ¡Cuánto tiempo malogrado!

Falaces amores, juguetes rotos,
desatadas pasiones.
Noches en desvelo, esperas cada madrugada.

Pero... llegaste tú,
mujer, amor y entrega, caricias y pasión,
gritos en el vientre;
fuiste el gran rescate que yo temí
imposible.



Es el amor

El amor prendió en nuestras almas,
nuestros ojos lo decían,
lo sellaban nuestros labios.

Pasaron pocos días,
nuestros cuerpos se buscaban,
se enlazaban nuestras manos.

Tú, joven, inocente,
recibías mis caricias,
como el campo la lluvia,
después de la sequía.

Fuiste mi esperanza,
mi arco iris, aquella estrella
que irradian tus ojos, la calma,
el señuelo que me atrae y me guía.

Han pasado los años,
se extinguieron los sueños,
y el amor que disfrutábamos.


23 de Junio de 2007. Noche de San juan

Los invitados ya se han retirado.

Sobre el suelo, debajo de las mesas,
aparecen, inertes, algunas servilletas,
labios rojos, prometedores,
impresos en ellas
y tapones de botellas de cava.

Mas la boda no ha terminado

Al fondo, es una dulce melodía
que llama mi atención,
mis pasos, sin darme cuenta,
me han mudado a una estancia recoleta.

En el centro los novios
bailan, apenas se mueven,
no sé si ni siquiera oyen la bella canción
 “Is this love” su favorita.

Y no cesan de mirarse a los ojos
con dulce e interminable sonrisa,
como preguntándose
“¿Esto es amor lo que estoy sintiendo?”
y sus ojos contestan
“Esto debe ser amor”

Helena, bella, hoy más que nunca,
embellece, aún más,
su vestido blanco, de novia.
Eduardo embelesado,
plenos sus ojos del amor
que envuelven sus brazos.

Las dulces notas, revoltosas, revolotean
entres sus apretados cuerpos,
dejan en sus labios
el exquisito néctar del amor
en luna plena y noche embrujada de San Juan.

Les dejo solos.




Demasiado tarde

Estaba harto de los dos, de ella
y de sí mismo.
Por ella sentía pena,
mas con él mismo no se mostraba compasivo
Famélicos de amor, casados
sin boda ni testigos.
Ella bonita, ingenua, caprichosa,
veleidosa, díscola y muy coqueta.

Han pasado los años…
y ¿qué del tiempo vivido en común?
juntos, distantes, tan distintos…

Por fin se han conocido,
noche a noche, domingo
a domingo, de juergas,
bailes y cartones de bingo.

Sus carnes, lacias, colgando,
sus cabellos encanecidos,
sus ojos cansados, llorosos
de volutas de humo y porque en amor no han vivido


Tal vez mañana, quizá, lo haga,

recorrer el polvo, amigo,
de todos los caminos.
Sonreír a los espejos
que ocupó tu rostro.
Hacer un guiño a las estrellas,
a las que rogaste un deseo.
Recorrer con mi mano
el lomo de aquel perro,
que lamió tu cara.
Acunar en el cuenco de mis manos
la espuma del mar,
que acarició tu cuerpo.
Habitar, de nuevo, aquel lecho,
que acogió nuestros encuentros.

Tal vez mañana, quizá,
volverá tu sonrisa
a acariciar la mía.




Aniversario

de los malos augurios...
¿Recuerdas aquel cura,
aquel párroco que fracaso
nos había augurado?

Pero hoy, exactamente ahora,
ese tiempo juntos, casados,
llevamos. Ha habido de todo,
más bueno que malo;
lo mejor, que estamos juntos
y… nos amamos.



Amor caduco

El amor es un templo,
en él solo tu imagen.
Devoto fué de ese templo y el tiempo
le arrojó de él.

Ya no te llegan sus besos,
tu abrazo ya no es húmedo,
y sus palabras no logran
tu sonreir de entonces…

Este amor caduco,
que les hiere y les mata,
les aleja y les anula,
les enfrenta y les afrenta,
les achica, les denigra,
no es pesadilla pasajera,
no tiene solución, no tiene cura.

A la locura ha de llevarles,
les lleva a un infierno en vida,
sin olvido y posible salvación




.



Ella no está

Allí, tumbado en la cama, desnudo, abrazado
a la almohada.
Los ventanales le arrojan los ruidos de fuera.
No sabe qué día y qué hora es,
ni tampoco le importa; ella no está.

Cae la noche, la oscuridad lo invade todo,
también su mente.
Y su nombre, el nombre de ella,
desaparece,
desaparecen sus labios,
su húmeda boca, su acogedora
piel y los besos en su piel impresos.
“Desapareces toda tú…”

Hecho un ovillo tembloroso, deshilvanado,
da vueltas y más vueltas por entre las mojadas
sábanas, por sus lágrimas.
Todo es tiniebla; todo es nada.

Amanece, es verdad; ella no está,
¡malditas palabras!

¿Puede matar la mente?
Prueba con toda su fuerza:
hace por no respirar
se engrosan sus venas,
su cuello se enerva, su cuerpo levita casi
hasta tocar el techo…
más fuerza; su corazón se acelera,
sus ojos locos, salidos de órbita, deambulan,
buscan lo que no encuentran.
Sus brazos se tensan, sus manos
levantan el gran peso que su alma alberga. Más,
más alto. Su cuerpo tiembla;
él desespera…
Quizá lo consiga,
insiste; su rostro se desencaja.
Por sus venas circula el veneno
que su corazón bombea;
insiste…
Mas la mente no mata.









Día de la mujer

Este ramito
de diminutos versos,
mujer, es tuyo.



Es mi deseo

Que la luz de tus ojos ilumine
sin tardanza tu mirada.
Que renazca tu sonrisa,
que quede en tus labios albergada.
Que citar mi nombre
sea para ti como un beso trémulo.

Que las aguas de Leteo
no te invadan.

Que seas suya ya lo duda,
que seas de otro… ni lo piensa,
no lo soportaría.
¿Quién podrá provocar
el calor de sus sueños?
¿A quién evocan sus suspiros?
¿Qué nombre habita entre sus dulces
pensamientos?
Negros presagios acompañan
sus desvelos;
noches oscuras, eternas,
amaneceres inciertos, fríos,
ojos cansados, siempre abiertos…
















La poesía

La poesía se escucha con el corazón,
va dirigida al alma. Como el amor,
eriza los sentimientos,
causa pasión, sosiego, calma…




Martín

Esta mañana de Marzo ha salido el sol más
generoso y despistado en su luz y calor,
a las siete y treinta, en punto.
Hoy la vida  nos saluda con fuerza
y… desnuda, como así la vida es.
Ha venido Martín, mi nuevo y querido nieto.
Ojos grandes y abiertos, expectantes
a la luz de este mundo,
a lo que dejaba entrever la piel de su madre
desde su ya pleno y bendito vientre.

Mi nieto, Martín, es moreno, como sus padres,
perfecto cuerpo,
manos grandes, tendidas, solícitas de amores,
piel sonrosada, dispuesta a crecer.

Es la esperanza en un mundo
lleno de interrogantes…
Es manantial de sonrisas,
en tiempos no muy pródigos en ellas.
Es el ansia de un mundo mejor, nuevo.
El triunfo de la vida,  deseada.
El reencuentro del amor con la fragilidad,
con la más absoluta dependencia
de la gente de buena voluntad, de sus padres.

Así, les felicito,  a ellos y, sí, a mí mismo.
Al recién nacido deseo, de corazón,
feliz y larga vida. ¡Bienvenido eres, Martín!



igual

Sigues siendo igual


Después del tiempo transcurrido,
ya no tienes aquel bello rostro, ni aquel talle
que, tan a la disposición, todos deseaban
amarrar a sus brazos.

Tampoco tus ojos tienen,
aunque su destello aún perdure,
aquel contorno liso,
y tus ojeras se han quedado con un color
nazareno, casi muerto.

Tu boca y tus labios, en ejercicio perpetuo,
sobrevivientes al naufragio,
aún invitan a albergar en ellos lances de amor.

Y sigues siendo igual de caprichosa,
cariñosa, y generosa
con tu cuerpo, y los de los demás.
Nunca te acaban de saciar,
recibes siempre menos que das.

Te sabes, te llaman, tonta
y otras cosas y…¡Qué más da!
te da exactamente igual,
al menos, aunque sea por muy breves momentos,
evitas la soledad total.


Delirio de amor

Delirio


Te persigue y huyes esquiva.
Te mira y tu figura se disuelve
entre fantasmal, intangible e irreal niebla.
Te llama, te habla, tus labios permanecen mudos.
Sus manos tiemblan, tendidas a ti, suplicantes,
y su corazón se desboca
-gana al tiempo en su ritmo-
porque no te encuentran, y estás cerca… mas distante.
Sus ojos, cerrados, están despiertos,
buscando en la nada las líneas de tu cuerpo.

De pronto apareces y le rechazas
entre risotadas que escupen total desprecio.
Tras de ti se cierran todas las puertas
con portazos ensordecedores que revientan
sus tímpanos, y te busca entre chinescas sombras.
Danzas malditas, confusión.

La luz se desvanece ,
crece el silencio, que lo invade todo.
Resbala su alma, se hunde en un foso, sin principio,
sin fin. Todo es tiniebla
pegada a su piel, mojada,
como otra piel a su piel, que no siente
suya, ni cercana, ni de su amada.

Flota en un aire denso,
tropieza, gira su cuerpo,
ovillo ingrávido, avanza, retrocede, bota,
se aleja de si mismo.
Se ve minúsculo, apenas nada, enteramente
nada. Levita, cae.
Sudor frío, suelta una carcajada,
su estruendo le desplaza, le quema, le hiere. Vuelve 
a caer, choca de una a otra pared, la escala,
cual frío reptil, se deja las uñas,
se deja la piel.
Grita un nombre, no sabe de quién, implora, ríe,
llora, vive, muere, no sabe por qué. No sabe
nada, nada, nada…



El reloj, a(na)tómico

El amor, aun siendo sereno, incita
a cometer
pequeñas y grandes locuras, mas
hay un tiempo para amar, para hacer el amor.

Después, vendrá el difícil momento
de evitar dejar regadas las miserias, como
migajas de pan agrio y duro,
de escombros y tristeza.

La rendición, el dejar las armas, ya obsoletas,
envainadas con la resignación de guerrero
derrotado por otro invencible, inexorable,
certero e irrevocable,
que es el paso del tiempo.


Adrián, te esperamos, te queremos ya

                                                                        A mi tercer nieto, Adrián,
                                                                        a quien tuve oportunidad de observar
                                                                        antes de nacer

 A través de una técnica misteriosa te hemos
podido contemplar con perfecta precisión.
Sabemos ya mucho de ti y nos has subyugado,
y emocionado al ver tu corazón, diminuto,
cómo late, desbocado, y proyecta tu sangre
con fuerza desbordante.
Los movimientos de tu pequeña cabecita,
de un lado a otro, como si buscara a tu madre,
cuyo claustro y amor te acoge.
Abres tu boquita en O
expulsando burbujas en ese interior lago,
como experto nadador.
Sonríes ¿acaso sonríes pues sabes que
te estamos espiando?
En tu semblante se dibujan los ojos, labios,
la naricita de tu hermano mayor, Martín,
quien sueña todas las noches
estar jugando contigo,
serás un bebé tan guapo como él,
también  serás su mejor compañero y  amigo.

Y llegará el momento, mágico, que tu madre,
con amor y alivio, sentirá tu húmeda piel 
sobre su piel, recorrerán sus manos 
tu deseado cuerpecito.
Observará tu cara, tus manitas,
todos tus rasgos y se reconocerá en ellos.
¡Más de nueve meses apeteciendo tenerte
entre sus amorosos brazos!
Mirará al cielo dando gracias…
Y el cielo la sonreirá con bendición y amor. 

A tu padre, de momento, se le borrarán,
miles de canas, y se humedecerán sus ojos
con sus copiosas y felices  lágrimas,
porque su sangre corre por tus ínfimas venas,
por tu frágil y delicadito cuerpecito.

Tu abuelo Martín,  te tomará en sus manos cálidas
te acogerá y alojará en su gran corazón.
Besará esas tus pequeñas facciones,
tan familiares
tan suyas, tan repetidas y queridas ya.
Y el cielo le sonreirá…

¿Y tu hermano, qué hará al verte por primera vez?
¡La cantidad de besos que estallará en tu piel!
Sus ojos se van a hacer aún más grandes, viendo
lo pequeñín que eres,
y cómo  tus ojos son gemelos a los suyos
y, de sorpresa, se van a abrir de par en par
y no cabrán en su bonito y moreno rostro.
Levantará sus brazos. ¡Adrián! ¡Adrián!¡Adrián!
dará sus simpáticos saltitos, de alegría
por el extraordinario obsequio de sus padres.

Tu abuela Carmen, desde ese día, piensa siempre
en ti, y últimamente, cada cinco minutos:
“Cuándo vendrá? Cuándo llegará ese chiquillo”
 “A ver si viene bien” “Sí, bien vendrá”

Yo, admirado, una vez más, de ver
en un ser tan pequeño y perfecto la grandeza
de Dios.
Bendita sea la vida
y bendito sea el amor!

Eres bien venido Adrián. ¡Que seas muy feliz!
Nosotros lo somos ya.

Mi 70 cumpleaños

Un recuerdo nostálgico, con rictus, con ceño
fruncido, con amor escocido.

Nuestros últimos ratitos, sentado a tu lado,
los saboreé con mimo
y  avaricia,
sabiendo tu sueño cercano.

Recuerdos...muchos dulces...
agrios, espinosos, dolorosos también hubo;
tu amor daba para todo.

Y te comprendí... Nuestras lágrimas
lavaban nuestras culpas,
se cerraban las heridas.

Maravillosa mi infancia, en tiempos de posguerra
pero sin penurias, con mis juguetes;
¡mi caballo negro, de gran cola!

Tu devoción y los frailes rompieron
el feliz cuento. Mucha distancia,
hambre y sueño me acompañaron en el convento.

Pero el regreso, vuestros besos,
mi cama, mi casa, los baños
en el río me hicieron, 
otra vez,  crío.

Y los años pasaron,
pasaron en poco tiempo.
Encontrar el amor
supuso nuestro desencuentro.

Y te comprendí, ahora más te entiendo,
lo sentí, y aún lo siento; fue otro triste cuento.

¡Cómo no te voy a entender, si para entenderte,
tengo a diario tu sentir
en tres trozos salidos de mí!




Padre

en sonrisa interminable,
me acarician por siempre.

Tu caminar ligero,
por tu pinar amigo,
acompaña mi camino.

Manos recias, de hierro, tiernas
de caricias,
afanosas, ágiles, generosas.

Tiempos de posguerra,
corre caminos infatigable;
huiste al hambre.

Creyente tardío,
convencido de Dios,
te hiciste más bueno.

Educador, autodidacta,
ausente de vicio,
grande de alma.

¡Cómo añoro los cuentos
en las noches largas!
¡Cómo los besos que me dabas!

Nos dejaste solos.
Sin nosotros saberlo...
despedida en la mirada.



Gracias (Oración)

Gracias, oh Dios, por todo lo que me has concedido,
y, mucho más, por todo lo que me has perdonado.
Muchas veces distanciado de Tí, pero nunca,
nunca te he olvidado .

Tú sabes, Señor, cómo soy, cómo siempre he sido,
todo el mal, todo el daño que yo he podido hacer.
Pero sabes, también, que de todo ello
yo me he arrepentido

Sé que, desde muy pequeño, me escuchas;
te estoy agradecido.
Cuando, a veces, creí que estaba solo,
que me habías dejado, Tú estabas a mi lado.

Años, muchos más de los que esperaba, he vivido;
y mis frutos han cuajado, mis mejores bienes,
que Tú me has otorgado; por ellos, Señor, ruego,
por su felicidad seré siempre agradecido.

Ellos, Señor, Tú lo sabes, son buenos,
mi culpa, otra más, que no sepan más sobre Ti,
mas mi culpa ellos no la han cometido.